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Los fementidos gigantes

Cualquier edición del ´Quijote´ tendrá las oportunas notas de las palabras más inusuales
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El lector poco advertido que se acerca primerizo al Quijote, se topa con dos, en apariencia, gigantes –aunque puede que sean molinos– descomunales y de aspecto hosco y fiero, ante los cuales el novicio no avisado suele huir despavorido. Responden los tales, uno al nombre de Léxico, el otro, al de Sintaxis.

Léxico, según los que le conocen bien, está formado por 22.939 palabras distintas, de las cuales 11.184 sólo aparecen una vez. La cosa no es para tanto si tenemos en cuenta que la reciente y vigésimo tercera edición del Diccionario de la Real Academia Española registra más de 93.000 entradas. Pero es para mucho, para mucho y más, si consideramos que cualquiera de nosotros, personas de nivel medio, tenemos un léxico activo (el que usamos –inferior al que comprendemos, llamado léxico pasivo–) de 2.000 palabras y nos manejamos, en el ámbito familiar y de amistades, con poco más de 300; y que si llegásemos a manejar 5.000, ganaríamos el remoquete de cultos e incluso podríamos escribir novelas para selectas minorías. Pero mantengamos el ánimo alto y que la corpulencia de Léxico no nos haga temblar.

En primer lugar, porque cualquier edición medianamente cuidada del Quijote tendrá las oportunas notas que nos explicarán el significado de las palabras más inusuales, bien sea por haber sido injustamente olvidadas (como la hermosa, arriba anotada, fementido = persona falta de fe y palabra, o cosa engañosa, falsa; y la sonora matalotaje = equipaje y provisiones que se llevan a lomo en los viajes por tierra), bien por referirse a oficios o funciones hoy desparecidos, lo que legitima su defunción: en la edición que estoy manejando estos días, en el Capítulo XXIX de la Primera Parte, en el que me hallo al tiempo de esta escritura, se llega a las 345 notas. Y en segundo lugar, porque hemos de acostumbrarnos a leer, éste y cualquier libro, teniendo a nuestros pies el perro, lazarillo, servicial y fiel, del diccionario. Por lo tanto, la abundancia de palabras, lejos de ahuyentarnos, debe incitarnos al acercamiento: el tiempo y esfuerzo de la lectura del Quijote nos dará sustanciosos réditos, que cobraremos en palabras, con lo cual nuestra disponibilidad léxica (activa y pasiva) aumentará, lo que nos permitirá entender mejor al mundo y que éste nos entienda mejor.

Sintaxis, dicen de él quienes de él saben, se encarga de reglar el ayuntamiento de las palabras para que formen oraciones, y el de éstas entre sí, coordinándolas o subordinándolas, para que construyan discursos. Más que agresivo, Sintaxis es travieso y juguetón: se gusta de alejar el sujeto del verbo, y de éste y de aquél el complemento o el predicado, introduciendo entre unos y otros oraciones secundarias que matizan, amplían, restringen, adornan o precisan a la principal, todo lo cual convierte la lectura en un juego del tipo ¿Dónde está Wally?, juego que podemos denominar ¿Dónde está el verbo o la idea principal?, para que, una vez encontrado, extravagante, con su gorrito de lana y su jersey a rayas rojas y blancas, sea quien articule a su alrededor el resto de palabras y oraciones, colocando a cada una en su sitio y dando sentido al todo. Sintaxis, por lo tanto, no nos amenaza, sino que, afectuoso, nos propone jugar con él. Como en el caso anterior, el juego requiere tiempo y esfuerzo, pero la ganancia es pingüe: siendo nosotros y el mundo realidades complejas (que no complicadas), no podemos dar cuenta de ellas, ni de ellas recibir noticias, mediante un lenguaje simple que es el que se usa en correos electrónicos, blogs, o mensajes por teléfono móvil (calificativo, por cierto, impropio, pues, al menos el mío, no se mueve por sí mismo, lo que le hace, en cuanto a movilidad, parejo a las piedras, a las cuales no osaríamos llamar móviles) y por otras vías de tele comunicación que obligan a condensar la idea en 140 caracteres y que parecen, y en verdad lo son, fruto del ingenio de un demonio iletrado. Familiarizarnos con Sintaxis nos permitirá estructurar mejor y más sólida y bellamente nuestras expresiones y nuestras entendederas, beneficio al que se añadirá el placer de disfrutar de la elegancia: «y con esto, y con volverse a salir del aposento mi doncella, yo dejé de serlo y él acabó de ser traidor y fementido» (Dorotea dixit).

Y escondida entre las bondades dichas, se encuentra otra que de ellas no desmerece: es la lentitud. Amistarse con Léxico y Sintaxis nos proporciona, pues la exigen, calma, parsimonia. Dado que las historias que nos cuentan son sobradamente conocidas, disfrutaremos con pausa de la forma en que nos son contadas. Sin prisas, sin el desasosegado e imperioso afán de arribar al final, gozaremos de la travesía, haciendo que el tiempo discurra espacioso y denso, eficaz medicina, verdadero bálsamo de Fierabrás, contra el mal de la funesta urgencia que la vida moderna acarrea.

Quiera el Cielo que lo que dejo escrito lleve a quienes temen a Léxico y Sintaxis al convencimiento de que no son seres giganteos, ni ventilados molinos, ni siquiera fantoches de cartón, sino benévolos y acogedores anfitriones que ponen a nuestra disposición, para que de ellos usemos, disfrutemos e incluso abusemos, los tesoros que se reúnen en el soberbio edificio que señorean llamado El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, del que tendrá más noticia quien la tribuna que siga a ésta leyere, si es el caso de que mi celebro sea bastante a componerla.

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