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Los griegos tienen futuro, los alemanes no

Para Chen, las lenguas crean un determinado comportamiento económico
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Dicen que el francés y el ruso son dos idiomas para enamorar. De ahí a afirmar que los rusos y los franceses son unos buenos amantes va un trecho, pero más de una vez solemos dar el salto. En cambio, el alemán que para decir «te quiero» suelta algo así como «Ijlibedij” («ich liebe dich») se las trae, y sólo puede crear con esa palabrita a una actriz como Marlene Dietrich (que suena a «ditrij», también con «j») que da miedo.

Algunos afirman que hay una idioma para cada cosa. «Hay cuatro lenguas dignas de que el mundo las use», dice el Talmud: «Griego para la canción, latín para la guerra, sirio para la lamentación y hebreo para el uso ordinario». Y Carlos V, que era un políglota, decía que hablaba en «Español a Dios, en Italiano a las mujeres, en Francés a los hombres, y en Alemán a mi caballo».

Otros señalan que los idiomas suscitan sensaciones. Woody Allen afirmaba que después de escuchar a Wagner tenía ganas de invadir Polonia, y Lera Boroditsky afirma que cuando habla u oye hablar en ruso le vienen a la cabeza ideas colectivistas.

Los idiomas sirven muchas veces para entender la filosofía y la manera de vivir de una determinada sociedad. El profesor de la Universidad de Yale Keith Chane, que es de origen chino aunque educado en Estados Unidos, nos confiesa que cuando era pequeño le asombraba las diferencias existentes entre el inglés y el chino mandarín: el americano se limitaría a decir «es mi tío»; por el contrario, el chino tendría que aclarar si es hermano del padre o de la madre, si es por nacimiento o por matrimonio, y si fuera el hermano del padre, si es mayor o menor que él. El fundamento de estas precisiones necesarias del mandarín se encontrarían en la importancia que tiene la familia en el confucionismo y en la sociedad china.

Los idiomas también han sido utilizados, especialmente desde su redescubrimiento por el nacionalismo del siglo XIX y el postnacionalismo del XXI, como un arma para establecer diferencias políticas e ideológicas entre personas que viven en un mismo lugar y en unas mismas circunstancias y que, en principio, deberían diferenciarse por otros parámatros, como la clase social o económica, su pensamiento religioso, sus aficiones literarias, o la pertenencia o no a un equipo de fútbol.

El tema que siempre se ha discutido es si cada sociedad crea un idioma para sus necesidades o si, por el contrario, el idioma impone unas determinadas necesidades y costumbres. Para Chen, que intenta unir la lingüística con la economía, el lenguaje crea un determinado comportamiento y no al revés.

Las estadísticas nos indican que los griegos (y también los ingleses y los americanos) ahorran poco; mientras que, por ejemplo, los alemanes son grandes ahorradores. Para Chen la explicación se encuentra en que los primeros distinguen entre el presente y el futuro como dos tiempos distintos (un inglés diría «it is raining now» y «it will rain tomorow»); mientras que los segundos, aunque pueden tener los dos tiempos verbales, no suelen usarlos (un alemán se limitaría a decir «morgen regnet es» que se traduciría literalmente por «mañana llueve»; lo mismo que un chino mandarín que siempre diría «llueve» tanto si habla del pasado, del presente o del futuro). Esto implica que los primeros ven el futuro como algo que no forma parte de nuestra vida, mientras que los segundos saben que forma parte de la misma más tarde o más temprano.

El profesor de Yale, después de un amplio análisis de diferentes grupos sociales, llega a la conclusión que las personas que no usan el futuro, ahorran menos, fuman más, son más obesos y suelen tener más relaciones sexuales sin preservativos, es decir, que son más dados, como se diría en castizo, a «viva la virgen».

Aunque Chen no lo afirma, habría que llegar a considerar que el grupo de los «sin futuro» serían conservadores; mientras que el de los «con futuro» tenderían a ser progresistas; que si se dan cuenta, es todo lo contrario de lo que uno esperaría de una persona que carece de futuro.

En resumidas cuentas que todo este enredo que hay entre alemanes y griegos no se debe a las diferentes concepciones sobre la economía, las clases sociales, el clima, o la situación geográfica. Se debe simplemente a una cuestión gramatical y lingüística.

Chen reconoce que su idea es fantasiosa pero, al menos, tiene la decencia de confesar que como profesor universitario le pagan por tener fantasía, es decir, por pensar en escenarios no reales. El problema viene, y lo estamos viendo estos días, cuando se pretende trabajar en el mundo real sin conocerlo realmente y sobre todo sin quererlo conocer. Un defecto que suele ser más habitual de lo que parece entre los miembros que algunos, que precisamente procedan de ella, denominarían la «casta» universitaria.

Las ideas de Keith Chen son atractivas y el público disfruta con sus asertos (pueden mirarlo por internet) Sin embargo, en realidad el profesor de Yale no hace más que repetir ideas anteriormente mantenidas por el llamado «relativismo lingüístico», hoy muy criticado. En efecto, a mediados del siglo XX la tesis de Lee Whorf y Edward Sapir ya señalaba que «las personas que utilizan acusadamente gramáticas diferentes... tienen que llegar a algunos puntos de vista diferentes sobre el mundo». Chen, como muchos políticos actuales rompedores, cambia el formato pero no el fondo.

Por lo tanto, los españoles podemos estar tranquilos porque aunque también, como los griegos, utilizamos el tiempo del futuro con bastante frecuencia, ello no nos lleva necesariamente a que tengamos menos capacidad de ahorro y a que hagamos más el amor sin condón que los alemanes. Las diferencias se explican por otros motivos.

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