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Los méritos del emérito

En la Transición se fraguó la opinión de que España no era monárquica, pero sí juancarlista

Antonio Soler

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Los méritos del emérito

Los méritos del emérito

En la antigua Roma era así. Al que había prestado buenos servicios se le compensaban sus méritos con un buen retiro. Ahora, aquí, nos debatimos sobre los posibles méritos del exrey Juan Carlos. Van poniéndose en un plato de la balanza los méritos y los desméritos a ojo de buen cubero y dependiendo del interés de aquel que pesa y tasa. 

En la Transición, que algunos llamaron Santa y otros ahora demonizan, se fraguó la opinión generalizada de que España no era monárquica, pero sí juancarlista. El juancarlismo se fraguó principalmente a partir de la noche del intento de golpe de Estado del 23-F. Aquel rostro tenso y pálido del rey, ordenando con firmeza que los rebeldes acataran su mando, y con ello el orden democrático, disipó la mayor parte de los recelos con los que había sido recibido el heredero de Franco.

Los amantes de las tramas y subtramas conspirativas especularon a gusto –es la vocación inquebrantable de los tontos que se creen más listísimos y de los interesados en la desestabilización– pero el común de los españoles aceptó el abrazo de ese rey campechano, Borbón al cuadrado, motorista y mujeriego, pero firme defensor de una democracia de la que, además, había hecho de comadrona. 

Los años fueron empalideciendo el retrato y el halo se hizo borroso hasta quedar solo una sombra. Cada vez más oscura. Y así llegaron los rumores cada vez más nítidos, las comisiones, Corinna y los elefantes. 

Ese, Corinna y los elefantes, podría ser el título de uno de esos cuentos infantiles que se les leían a los niños antes de dormir. Cuentos llenos de príncipes y peligros, de moralejas sencillas pero firmes con las que aprender el manejo de la vida y sus enredos. Las manzanas envenenadas y las señales en el bosque que ayudan a volver a casa.

Ahora se trata de que aquel país juancarlista se haga felipista. Felipista no por devoción a Felipe González, sino por el sexto de los felipes, aunque la cuestión no es muy diferente. 

El felipismo de González, desde el abandono del marxismo hace cuarenta años, entronca de lleno con el espíritu de la monarquía parlamentaria que defiende el rey actual. 

Para ello es necesario que la distancia que separa a Felipe VI de los enredos de su padre sea nítida del mismo modo que lo fue cuando su cuñado, precoz aprendiz de brujería, se deslizó por ese tobogán que ahora amenaza con tragarse a su emérito suegro. 

El tambor republicano suena, no importa que desafine ni tenga en cuenta que la llorada II República nació del corazón de una dictadura y ahora vivamos en una democracia. La nueva norma dicta que lo que importa es el ruido. 
Y el ruido que provocan un rey o un elefante al caer es mucho.

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