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Los niños de la Gran Recesión

Dicen que la Gran Recesión nos ha cambiado. Que con ella hemos madurado
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Dicen que la Gran Recesión nos ha cambiado. Que con ella hemos madurado y que distinguimos mucho mejor lo esencial de lo accesorio. Que austeridad, humildad y empatía son los valores que dominan hoy, y que nuestros códigos sociales para el éxito, en este mundo conectado, se alejan cada vez más del cargo que ocupas o del coche que conduces para tender hacia individuos mucho más humanistas, completos, complejos.

Aunque, parafraseando a George Orwell, todos somos iguales en la austeridad, pero algunos son más iguales que otros. La línea que separa la austeridad del postureo es fina, y el hecho de que la ostentación esté hoy socialmente penada no significa que la acumulación de riqueza no siga concentrándose, cada vez más, en unas pocas manos. La Gran Recesión ha dejado en los huesos a las clases medias. Y ha enriquecido como nunca a los que ya lo eran.

Para los hijos de los baby boomers (en mi caso, un ejemplar de ‘Generación X’), el paso de los Felices Noventa a la Gran Recesión ha sido un salto radical, una bofetada de realidad capaz de sacudir ese nihilismo empachado de abundancia y sobreprotección hacia algo mejor. Ha despertado nuestro activismo. Que no es poco. Porque, aunque no hemos llegado hasta aquí por nuestra resolución colectiva (los grunge, a diferencia de las generaciones precedentes –hippies, progres–, sólo aspiraron a autodestruirse, en ningún caso a cambiar el mundo), en este punto estamos. Hemos adquirido consciencia. Somos más críticos y constructivos. Pero somos una generación bisagra. Los niños de la Gran Recesión son nuestra esperanza.

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