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Los pequeños nicolases

Rasputín nos introduce al apasionante tema de los personajes ocultos o inexistentes
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El 18 de diciembre de 1916 se descubrió en las aguas heladas de un canal del río Neva en San Petersburgo un cuerpo atado con unas cadenas de hierro y con claros indicios de violencia. Se trataba de Grigori Yefimovich Rasputín, más conocido por el gran público con el último nombre. Se abrió una causa penal. Paralelamente, en la Revolución de Marzo de 1917 se instituyó una denominada Comisión Extraordinaria de Inspección para los Actos Ilegales por parte de los Ministros y Otras Personas Responsables con la finalidad de intentar demostrar la influencia en el Poder de las llamadas ‘fuerzas oscuras’.

Para los investigadores serios Rasputín no merece más que unas líneas en la Gran Historia de Rusia y del Mundo que estaba a punto de saltar por los aires al final de la Gran Guerra. Sin embargo, una aproximación al personaje nos introduce en el apasionante tema de los personajes ocultos o de los personajes inexistentes, es decir, de aquellas personas que influyen, o que son incluso decisivas en los acontecimientos históricos, pero que, sin embargo, no forman parte del elenco de sus actores (ni como actores principales o secundarios) y de los que como mucho nos quedamos con una breve referencia.

No está claro la forma como consiguió Rasputín, un monje con escasa formación procedente de Siberia, acercarse al círculo de poder del Estado y a la familia imperial hasta convertirse en un íntimo de la misma. Quizás fue debido a su amistad con otro de esos personajes inexistentes pero reales: la mujer de compañía de la zarina y sus hijos Anya Vyrubova, de la que se decía que era una depravada sexual, aunque luego se probó a su muerte que era completamente virgen y que posiblemente no era más que una santurrona poco inteligente.

En cualquier caso en aquella ciudad burbujeante de principios de siglo XX, que era San Petersburgo, se rumoreaba que de Rasputín dependían cargos de la Iglesia y del Estado, negocios y empresas, y decisiones políticas del más alto nivel. Él y su pequeño grupo (empezando por Vyrubova) eran las ‘fuerzas oscuras’ que había que descubrir si se quería salvar al Imperio y hasta al propio Zar.

Un noche fría del mes de diciembre el joven príncipe Yusupov invitó a Rasputín a una habitación de su palacio. En realidad era una trampa para acabar con su vida ideada por varios conspiradores. Los hechos sucedidos en dicha habitación no están muy claros. Tienen algo de cómico sobre todo porque la habitación es muy pequeña: intentan envenenarle con cianuro, no da resultado, le disparan, se dan cuenta que no ha muerto, vuelven a disparar, fallan, le persiguen por el patio exterior y definitivamente le matan.

Algunos aseguran que había otro personaje (otro inexistente), que fue quien acabó realmente con Rasputín ante la incompetencia de los confabulados: un espía inglés, amigo de Yusupov de sus tiempos de Oxford, que intentaba evitar que las ‘fuerzas oscuras’ convenciesen al Zar para declarar el fin de la guerra y la paz con Alemania.

Al año siguiente toda la familia imperial murió asesinada en un pueblo de Siberia. Pocos días antes habían visitado el lugar de nacimiento de «Su amigo», que era como llamaban a Rasputín.

Todo alrededor de este personaje enigmático gira alrededor de la mentira, del fingimiento y de la confusión como en El Inspector de Nicolás Gógol, que fue estrenada en 1836 gracias a la intervención del zar Nicolás I. La obra se basaba en un hecho real que le había sucedido a otro gran escritor ruso (Pushkin).

El alcalde de un pequeño pueblo de provincias es avisado de la inminente llegada de un inspector general que viene de la capital. Convoca inmediatamente a varios concejales (el de urbanismo, el de sanidad, el de educación) y al juez para intentar ocultar los desfalcos cometidos entre todos ellos. En el pueblo aparece no el verdadero inspector sino un jugador que es confundido por todos y al que intentan sobornar de alguna manera, incluso con la participación de la mujer del alcalde. El falso inspector se aprovecha de la situación y crea la situación cómica.

La obra es una crítica a los políticos y a las autoridades que abusan de su cargo para lucrarse ilícitamente. Pero es también una crítica a todo un sistema, que se encuentra viciado de raíz, y a las propias personas de esa sociedad que en el fondo lo permiten. Gógol en el epílogo de la obra escribió muy significativamente «no te irrite el espejo si es el jarro el que está torcido»; y puso en boca del protagonista una frase demoledora «De qué os reís, os reís de vosotros mismos».

Un sector del público se sintió insultado por la obra; por el contrario, a los jóvenes les divirtió. El autor tuvo que salir de Rusia por unos años, pero la obra inspiró a toda una generación y se convirtió en un referente moral.

Todos los elementos que vemos en estas breves reseñas históricas se suelen repetir en otros escenarios aparentemente distintos, especialmente en momentos en que la sociedad se encuentra, más que ante una crisis económica, en una profunda crisis de valores morales. Ejemplos hay muchos. Uno reciente, que también podría inspirar una obra teatral, es la ‘historia’ del famoso ‘pequeño Nicolás’.

De todas formas, como estamos en Navidad, conviene recordar que el propio Gógol cuando le acusaron de que no había un personaje bueno en El Inspector, es decir, que todos eran (somos) de una forma u otra corruptos, aunque sólo fuese por consentir o tolerar el sistema, dijo: «nadie se ha dado cuenta del personaje que aparece de forma generosa, que es la risa».

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