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Los que nos dejan

No pasa un día sin que nos enteremos de la desaparición de uno u otro conocido

Enrique Arias Vega

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Amedida que uno se hace mayor, convivir con la muerte se vuelve algo habitual; rutinario, incluso.

No pasa un día sin que nos enteremos de la desaparición de uno u otro conocido. No digamos ya de amigos íntimos y hasta de familiares próximos. Normalmente, desde el día en que fallecen nuestros padres la muerte se convierte en una presencia próxima y cotidiana, que nos da constantes avisos de que está ahí y de que en cualquier momento seremos nosotros los llamados por ella.

Ni quiero ponerme lúgubre ni pretendo aguarle la fiesta a ningún lector, ya que, paradójicamente, esa comprobación parece inmunizarnos ante el temor, la angustia o la depresión. De hecho, a medida que abundan en nuestra vida los funerales, los pésames de despedida y demás honras fúnebres, parece como si semejante ceremonial se hubiese de referir siempre a los demás y que nunca llegará a alcanzarnos a nosotros. Es más: muchos de mis conocidos ya de cierta edad se vanaglorian –la mayoría de ellos en privado, pero algunos también en público– de ir sobreviviendo a difuntos de su misma quinta.

No se trata de nada morboso, por supuesto, sino de algo consustancial a nuestra especie, constituida por sobrevivientes desde el día mismo de nuestro nacimiento. A mí, la única reflexión que me deja este artículo –lo siento– es la de que me he hecho mayor, hasta muy mayor, me atrevería a decir, ya que si no jamás se me habría ocurrido escribirlo. En contraste con ello, sin embargo, a medida que lo he ido escribiendo he ido sintiendo que sigo vivo y que estoy dispuesto a seguir estándolo mucho más tiempo.

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