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Los que tienen la receta contra el paro

Sustituyendo los porteros automáticos por porteros de dos piernas se reduciría el paro
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Todos los jefes de partidos políticos, nuevos o vetustos, y mucho más en los casos de los de proliferación de recién nacidos, o en las proximidades de luchas electorales, circunstancias ambas que se han reunido en los últimos tiempos precisamente, alzan sus voces no demasiado lúcidas ni similares a las de los discursos de Demóstenes y sus discípulos, para manifestar con toda la rotundidad posible que ellos tienen la fórmula magistral para acabar con el paro, considerado todavía como el peor de los males, aunque muchos de los parados forzosos estén deseando llegar a la jubilación, es decir al paro definitivo y total.

Crear puestos de trabajo no es tan fácil como prometer empleo a todos. Pero suele haber sistemas o formas peculiares, que más que solución de tragedias nos llevan a la provocación de la risa o a la vuelta a un pasado que se fue, y que felizmente murió, cuando los hombres se dedicaban a subir a lo alto de las pirámides unas enormes piedras, a lomos de unos esclavos que dejaron de existir.

Si Tarragona ciudad tuviese doce o quince mil casas, pongamos como ejemplo, es decir doce o quince mil portales y doce o quince mil porteros automáticos, si yo fuese jefe de un partido que tengo en mente, y que bautizaría como Hagamos, propondría inmediatamente que se suprimieran por decisión del alcalde, al que yo tendría en el bolsillo, todos los porteros automáticos, y que inmediatamente fuesen sustituidos por porteros con dos piernas, dos brazos y una cabeza dada uno, que hablasen catalán o castellano, es igual, y que hablasen también inglés, francés o italiano, mucho mejor. Con ello se habría reducido el paro en una cifra respetable. Asumiendo la idea los partidos de derecha, de izquierda y de centro, sin cobrar IVA, ni pedir nada por derechos de imagen, ni productividad, y sin pedir nada tampoco por patente de invención, porque ni la idea es mía, ni creo que ningún partido ni coalición la vaya a aceptar, sencillamente porque a las cabezas pensantes de la política ya se les habrá ocurrido y tienen lista la forma de cobrar por ella. Que les aproveche.

La persona que me sugirió la idea, me dio también otras cuantas, que harían reir a muchos, y pensar a unos pocos, porque quienes piensan suelen ser pocos. Me su- girió que vuelva a la vida activa el honrado gremio de los serenos, sin chuzo pero con llaves, y además sin la obligación de ser gallegos. Con ellos se podrían reducir en unos miles más el número de parados, aunque con la ineludible obligación de trabajar de noche, lo que no es tan malo. Ya lo hacen los cobradores del peaje en las autopistas, algunos empleados de tahonas (si es que existen); lo hacían los periodistas en mis tiempos y estaban tan a gusto. El que esto escribe llegó a tener un trabajo que empezaba a las 10 de la noche y acababa puntualmente a las 5 de la madrugada, sin que se le perdiesen los anillos, y solo tener que saludar a los ya citados serenos y a los supervivientes de las timbas urbanas.

Entre porteros no automáticos y serenos habríamos eliminado unos 20.000 parados en nuestra ciudad, sin que me permita hablar de porcentajes, ya que soy enemigo de las estadísticas, y totalmente contrario a las encuestas, que suelen producir los resultados deseados por aquel que las encargó, sea partido, sindicato, patronal o gobierno, municipal, autonómico o central. Podemos seguir teniendo ideas, no de bombero, sino de jubilado con diez años de reposo casi absoluto, pero todavía con cabeza, pensante o un poco menos.

En dosis mucho más pequeñas, podríamos reponer en su puesto a los empleados de la plaza de toros, tan magnífica y tan abandonada durante más de 300 días al año. Porteros, taquilleros, areneros, monosabios, picadores, torileros, adminis- dores, pelagatos, veterinarios y un largo etcétera, sin contar a los castellers, que solo la ocupan una vez cada dos años. Eso es un derroche impresentable. Finalmente, no estaría demás que nuestra honorable casa grande pusiese en servicio a la tabacalera, al banco de España, a la Sabinosa, a todos los monu- mentos que llevan años y años cerrados al público, pero eso no vale la pena volver a repetirlo, y porque supondría muy poquitos empleos, y por lo tanto muy poquitas personas beneficiadas por dejar de estar en paro. Propongo que esas poquitas personas se multipliquen por el número de familiares de cada parado que dejase de serlo, y así tendríamos otra estadística positiva.

 

Y todos contentos.

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