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Los recelos del trasvase a la Conca

El agua debe llegar a la Conca, pero son exigibles las garantías de que el problema de Barcelona no debe resolverlo el Ebre

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Los alcaldes de la Conca de Barberà, la Segarra y l’Anoia que se beneficiarán del proyecto de traída de agua del Segre a través del canal Segarra-Garrigues, comparecieron ayer ante la prensa para intentar disipar la oposición que este plan ha levantado en Aragón y en las Terres de l’Ebre, donde se ve la iniciativa como un trasvase entre cuencas, ya que algunos de los municipios beneficiados pertenecen a la cuenca interior de Catalunya y no a la Cuenca del Ebre. El Gobierno de Aragón ha presentado recurso ante los tribunales de justicia contra estos planes de Catalunya. Los municipios que padecen una falta de agua endémica alegan que no se puede hablar de trasvase y que la cantidad que aportará el Segarra-Garrigues será de apenas 0,62 hectómetros cúbicos de agua al año. «Cuatro cubos», llegó a calificar uno de los ediles. No puede ponerse en duda la necesidad inaplazable de dotar de agua potable a los 4.000 habitantes de esta zona endémica en recursos hídricos. También es cierto que el caudal que recibirán puede recuperarse con medidas de ahorro en el transporte, como revestimientos de acequias y otros similares. Pero tampoco pueden despreciarse los recelos que levanta la primera conexión efectiva del Segre con las cuencas interiores de Catalunya, lo que podría ser un primer paso para trasvasar agua a Barcelona. Y aquí ya no estamos hablando de «cuatro cubos». La escasa fiabilidad de las promesas políticas avalan los recelos del Ebre.

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