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Los últimos asaltos

Gobernar sería más fácil si los españoles no fuesen ingobernables

Manuel Alcántara

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Los últimos asaltos

Los últimos asaltos

Los jueces deben ser neutrales, pero el público, que es el gran juez, siempre se deja influir por los episodios finales del combate. La pasión quita conocimiento, sobre todo a los apasionados que desconocen el reglamento. Mi larga temporada, que a mí se me hizo corta, en la que fui cronista de boxeo en el siempre benéfico y estupendo diario Marca, me hizo desconfiar mucho de eso que la gente tuviera siempre razón. Su ignorancia del reglamento la disculpaba de su vehemencia y establecía grandes broncas cuando el púgil, que había ganado por un punto ocho asaltos, perdía los dos finales estando al borde del KO. Aprendí entonces a taparme la nuca con la almohadilla, que me servía para cubrir mis posadera. Un hombre, un bote. El respetable público arrojaba objetos no identificados al ring, mientras hacía juicios apresurados sobre el comportamiento sexual de la madre del árbitro. No sabía, o no quería saber, que la puntuación de los primeros asaltos es idéntica a la de los últimos. A los líderes políticos, aunque no vayan vestidos todos de blanco, les sucede lo mismo y por eso insisten en dar la batalla final. Un escaño depende de unos cientos de papeletas y en el cuadrilátero hay uno en cada esquina. El resultado es que sigue libre el asiento del presidente que necesita España y que no encuentra por más que busque.

El tiempo, que siempre se echa encima, puede desalojarnos de nuestras localidades tan costosamente adquiridas. Gobernar sería más fácil si los españoles no fuesen ingobernables. El lema de muchos sigue siendo «paso de buey, vista de lince, diente de lobo y hacerse el bobo». Lástima que la última consigna tenga una gran mayoría de adeptos, ahora que el gasto familiar ha aumentado por primera vez desde la crisis, que ya nadie se acuerda de cuando comenzó. Nuestros políticos son más malos que la carne de pescuezo, pero eso no justifica que nos tengan con la soga al cuello. Son los nuestros y los hemos elegido porque se parecen a cada uno de nosotros.

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