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Macarrismo parlamentario

Extremando las formas corremos el riesgo de invisibilizar el fondo

Dánel Arzamendi

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Los profundos movimientos electorales que hemos vivido durante los últimos tiempos han reforzado a una nueva izquierda emergente que prometió dar un buen revolcón a los anquilosados usos del Congreso. El imponente edificio de la Carrera de San Jerónimo dejaría de ser un abrevadero para políticos sin talento, que sólo saben apretar el botón que les ordena su capataz parlamentario, para convertirse en un foro de debate fluido y eficaz. El pleno de las Cortes abandonaría su imagen decadente, y acogería un intercambio constructivo de opiniones entre los representantes del pueblo. Se pondría fin a décadas de sordera colectiva en un lugar donde el diálogo era siempre sustituido por una mera secuencia de monólogos estancos. Por fin se abrirían las ventanas de par en par, dejando entrar el aire fresco de los nuevos tiempos.

Eso es lo que dijeron que iban a hacer, aunque si les tengo que ser sincero, todavía no he conseguido apreciar ningún cambio sustancial. Debo de padecer algún problema neurológico que me impide percibir cómo los jóvenes representantes del nuevo progresismo logran elevar nuestro sistema político hasta las más altas cotas de calidad democrática. Qué quieren que les diga… Yo continúo viendo que los líderes de cada partido siguen imponiendo su opinión al resto de compañeros a toque de corneta, siguen utilizando el estrado para despreciar al contrario más que para construir una solución colaborativa, siguen aplicando la vieja ley que estipula que quien se mueve no sale en la foto… Pero insisto, la culpa debe de ser mía. Se ve que no me fijo bien.

Lo que sí he conseguido detectar entre sus señorías es una creciente tendencia al camorrismo lingüístico. No seré yo quien niegue la utilidad de una palabrota certera, un sobresaliente recurso de economía verbal, pues los tacos encierran con frecuencia un enorme caudal semántico. Por ejemplo, si un amigo nos llama al móvil y al descolgar le preguntamos «¿qué quieres?», sólo transmitimos nuestro deseo de saber cuál es el motivo por el que nos telefonea. Ahora bien, si contestamos «¿qué cojones quieres?», el significado de la frase cambia por completo: estamos expresando que no nos apetece hablar con él, que estamos hartos de sus llamadas, que nuestro interlocutor no nos inspira un especial respeto, que no nos interesó la última conversación que mantuvimos con él, que apostamos a que tampoco nos va a interesar la próxima, que queremos que vaya al grano inmediatamente... Un solo taco, en el lugar y el momento adecuados, puede concentrar una cantidad de información colosal. Imposible conseguir más con menos.

Sin embargo, es crucial saber en qué contexto resulta procedente el uso de un lenguaje que va más allá de lo informal. En ese sentido, vinculándolo al tema que nos ocupa, cabe preguntarse si las Cortes constituyen un entorno idóneo para la utilización de un léxico malsonante. Habrá quien alegue que expresarse inadecuadamente en el Congreso resulta menos ofensivo para la institución que jugar al Frozen Free Fall mientras se preside un pleno, con un manifiesto desprecio hacia tan alta magistratura. Yo estaría plenamente de acuerdo con dicha apreciación, pero una cosa no quita la otra.

El primero en abrir la veda fue el líder de Podemos, que al interpelar en las Cortes al presidente Rajoy utilizó expresiones tan poco sutiles como «me la trae floja», «me la suda» o «me la pela» (supongo que todos sabemos cuál es el término sustituido por el pronombre «la» en estas expresiones). No fueron palabrotas pero sí términos groseros los pronunciados recientemente por Gabriel Rufián durante su interrogatorio a Daniel de Alfonso, también en el Congreso: «mamporrero», «lacayo», «gánster», etc. El diputado republicano se vino arriba y alcanzó el paroxismo macarra al despedirse: «nos vemos en el infierno». Rufián poseído por George Thorogood. Faltó aliñar la escena con «Bad to the bone» en la megafonía de la sala.

Para algunos ciudadanos, estos episodios demuestran que hemos entrado en una nueva era, en la que por fin los políticos hablan un lenguaje que la gente entiende. Para otros, semejante terminología confirma que vivimos la decadencia de un modelo tomado al asalto por comunistas y separatistas (los judíos y los masones ya no aparecen en el listado de sediciosos oficiales). Personalmente, yo creo que esta estrategia (mi reino por un retweet) es ante todo un error garrafal. ¿Por qué? Pues porque extremando las formas corremos el riesgo de invisibilizar el fondo. ¿Qué es lo que ha trascendido mediáticamente tras las estridentes intervenciones de Iglesias y Rufián? ¿Acaso los periódicos han destacado el bloqueo gubernamental a las iniciativas del Congreso mediante el uso abusivo de su capacidad de veto por motivos presupuestarios? ¿Acaso las televisiones han profundizado en las maquinaciones vinculadas al pestilente «fernándezgate»? En absoluto. Nos hemos quedado en la cáscara. El discurso chabacano de uno y otro sólo ha servido para difuminar el núcleo de su alegato, tan procedente como necesario.

En cualquier caso, si los nuevos vientos de la política tienen que llevarnos por caminos alejados de la rigidez protocolaria, recomendaría a sus señorías que al menos intentaran aprender algo de los maestros del sarcasmo que se sentaron hace décadas en los escaños que ellos ocupan ahora. Que descubran cuál fue la contestación de José María Gil Robles a otro diputado que intentó ridiculizarlo por llevar calzoncillos de seda. Que investiguen cómo pudo Adolfo Muñoz Alonso defender en la Cámara la importancia del latín, aprovechando que su interlocutor había nacido en el pueblo cordobés de Cabra. Que aprendan con Camilo José Cela por qué no es lo mismo estar dormido que estar durmiendo. Confundir ironía con vulgaridad es la prueba definitiva de la falta de talento.

danelarzamendi@gmail.com

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