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Machismo que no cesa

El violar a una mujer es la mayor indignidad, salvajada y cobardía en que puede caer el hombre que por hombre se tenga
 

César Pastor Diez

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César Pastor Diez.

César Pastor Diez.

La mujer ha sido el fantasma luminoso en los sueños del hombre; objeto de contemplación, espectáculo misterioso, inspiración de dulces pasiones, invitación a imaginar lo que hay más allá de las formas hechas carne. «El eterno femenino nos arrastra», afirma Goethe; «La mujer es el objetivo del hombre», dice Novalis. Eso sí, siempre dentro de la fabulación y del respeto. Pero según parece todo esto suena ya a literatura rancia y casposa. Ahora nos preguntamos cómo es posible que cierto tipo de hombre, el que viola y mata a una mujer, haya podido caer tan bajo, porque el violar a una mujer es la mayor indignidad, salvajada y cobardía en que puede caer el hombre que por hombre se tenga, y mucho más cuando las víctimas son menores de edad o personas discapacitadas. ¿Qué concepto puede tener de sí mismo el violador cuando piense en lo que ha hecho? ¿Se considerará todavía un hombre muy hombre? Si el violador está casado y tiene hijas, ¿qué sentiría si otro hombre violara a una hija suya? ¿Le quedarían todavía arrestos para seguir violando, o aceptaría que ya no es un hombre y escasamente un ser racional? En definitiva, el hombre que agrede y viola a una mujer se convierte en el desecho humano más vil y despreciable.

Pero el delito de violación (o agresión sexual, como se denomina ahora) no acaba en el escueto acto de la violación propiamente dicho, sino que en muchos casos la víctima arrastra secuelas de un trauma psíquico que la afectará de por vida. No es el caso de la mujer que en un momento de arrobo amoroso se entrega voluntariamente a un hombre. Podría pensarse que la violencia de género es producida por un agente patógeno que se transmite por vía respiratoria como la pandemia del coronavirus.

En estos casos nuestras leyes son demasiado blandas, complejas y presentan multitud de resquicios por los que el delincuente puede escabullirse y eludir el castigo o que se libra con una condena leve. Se han conocido casos en que un violador sale de la cárcel tras cumplir la condena y vuelve a reincidir en la violación. No es necesario llegar a extremos como los de ciertos países donde este delito se castiga con la castración química o quirúrgica e incluso con la pena de muerte. O en otros lugares donde el violador es entregado a los familiares de la víctima para que hagan con él lo que quieran. Pero está claro que aquí, en nuestro momento presente, se requieren leyes más duras. El hombre honrado no debe temer a la dureza de las leyes, sólo han de temerla los inclinados a violar o a matar. Todo aquel que no piense agredir ni violar ha de preferir que las leyes sean duras, y cuanto más duras, más protegidas se verán las mujeres.

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Es imposible situar una pareja de la Guardia Civil en cada hogar conyugal ni acompañar a cada mujer que camine sola de noche por la calle. Lo que sí se puede hacer es endurecer las leyes de tal manera que el presunto agresor o asesino se diga a sí mismo: «¡Jo, estas sopas queman!».

En los últimos tiempos el ambiente social ha dado un vuelco tan radical en las relaciones hombre-mujer que algunos hombres han creído que todo el monte es orégano y que la mujer le pertenece en el aspecto más asilvestrado de la sexualidad, porque así actúan los que se quedaron a medio camino de la evolución biológica y no se sacudieron el pelaje del pleistoceno. Por eso el menosprecio por el valor y la dignidad humana de la mujer, en forma de misoginia, ya viene de antiguo, se halla incluso en las obras de muchos celebrados filósofos. Por ejemplo Friederic Hegel, el idealista de las tríadas y las síntesis (Filosofía de la naturaleza) afirma que «las mujeres no están hechas para las ciencias»; Augusto Comte, el de los tres estados (Curso de filosofía positiva), dice que «la mujer posee una debilidad intrínseca de raciocinio»; Schopenhauer, el pesimista exagerado (El amor, las mujeres y la muerte), concluye que «la mujer es un animal de cabellos largos e inteligencia corta»; Baltasar Gracián en su Criticón da vida al hombre maduro Critilo, que previene al joven Andrenio sobre las artimañas femeninas.

Pero desde que la mujer alcanzó cierta cota de libertad política y social, ha ido dejando tras de sí pruebas meridianas de la inteligencia que le negaban todos los misóginos que en el mundo han sido. Y hoy día ya hay más profesoras que profesores, más alcaldesas que alcaldes, más médicas que médicos y más estudiantas que estudiantes. Y muchas féminas se encumbraron ya a las más altas cimas del intelecto. He aquí unos ejemplos: Marie Curie, científica; Amalia Noethen, matemática; Concepción Arenal, jurisconsulta; Virginia Woolf, Grazia Deledda y Agatha Christie, novelistas; Gabriela Mistral, Emily Dickinson y Rosalía de Castro, poetisas; Angela Merkel, política; Barbara McClintock, investigadora en citogenética; Jocelyn Bell, astrofísica; Rosalind Franklin, química; María Montessori, pedagoga. Muchas de estas mujeres se alzaron con el premio Nobel en su respectiva especialidad. Incluso en filosofía hubo y hay mujeres famosas: Sarah Kofman, María Zambrano, Hannah Arendt, Adela Cortina, Simone de Beauvoir, sin olvidar a Edith Stein, inmolada en Auschwitz.

En el terreno laboral resulta irrebatible la reivindicación «a trabajo igual, salario igual», y si algún empresario incumple esa norma, a él y sólo a él hay que denunciar, sin desorbitar el problema. Para eso están los comités de empresa.

Dicho todo lo que antecede, es preciso decir también que algunos movimientos feministas recientes han rebasado los límites razonables en sus reivindicaciones y en sus impetuosas acusaciones y repulsas a lo masculino, porque no todo lo referente al hombre es abominable, de la misma manera que no todo lo relativo a la mujer es digno de glorificación. En esto, como en otras cosas, siempre han pagado justos por pecadores.

Pero no es sensato mantener una guerra de sexos. Se impone la moderación. A fin de cuentas, hombre y mujer están condenados a entenderse, porque en el árbol genealógico universal sin mujeres no hay futuro, y sin hombres tampoco.

César Pastor Diez es escritor e Hijo Adoptivo de Tarragona

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