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Todos y todas fuimos ‘recién llegados’ en un momento de nuestra vida, y nadie debería ser desechado en el mar, como sucede hoy

XIFRÉ RAMOS

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XIFRÉ RAMOS

XIFRÉ RAMOS

En un libro precioso llamado Las manos de la madre, el autor nos cuenta que después de un nacimiento, la incertidumbre de las madres hacia su primer hijo no les impide tomar el impulso necesario para socorrer el llanto del recién nacido. 

El miedo y la incertidumbre no las someten, sus brazos tienen el valor de rodear a ese ‘recién llegado’ y arrimarlo en su pecho con respeto. Se trata de un movimiento hacia lo desconocido que marca el primer paso de la vida relacional, el de la llegada a un mundo interconectado. 

En un rescate en alta mar - en esa camilla operatoria llamada zona SAR -sucede algo parecido a un parto infinito. Hay delirios, miedo y llantos. Tantos y tan amontonados que el rumor del oleaje y la salubre se desvanecen ante la cantidad de sombras que alzan los brazos con desespero. En el mar mediterráneo no hay otro paisaje que el del abandono, ni otra tristeza que la de las posidonias al ver caer a su lado los cuerpos desechados de todo el mundo.

¿Cómo es posible que devolver la vida a alguien sea algo ilegal o clandestino? ¿Cómo puede ser adecuado o legal dejar morir a alguien en el mar?

Por si no fuera suficiente, la criminalización de los barcos de rescate ha quedado anclada en un vacío legal eterno y sádico. ¿Cómo es posible que devolver la vida a alguien sea algo ilegal o clandestino? ¿Cómo puede ser adecuado o legal dejar morir a alguien en el mar? Imaginemos por un momento a todas las madres y padres condenando a la muerte a sus hijos, y que ese acto se convirtiera en una costumbre normalizada por la sociedad del bienestar. No hace falta imaginarlo, eso mismo hacemos en los países de la Unión Europea, desechando a miles de refugiados, consintiendo el sacrificio que la política ejecuta en nuestro nombre. 

En cada mujer que quiere ser madre reside la ambición de ganarle al dolor, de dar vida, de sobrevivir junto a lo desconocido. Hacer lo contrario y apartar las manos, hundiendo la vida de los demás, nos separa de la madre que llevamos adentro. Todos y todas fuimos ‘recién llegados’ en un momento de nuestra vida, y nadie debería ser desechado en el mar, como sucede hoy, por el mero hecho de haber nacido bajo circunstancias atroces. Todo esto no es una defensa ideológica del derecho a migrar: es una defensa biológica y psicológica de lo que significa el cuidado humano y la cooperación planetaria. 

Como las posidonias que viven sumergidas en la oscuridad, quizás estemos asistiendo a nuestra extinción. El día que llegue nuestro turno, seguro que nos quedará el recuerdo suave y valiente de las manos de nuestra madre. 

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