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Males gananciales

El puesto más seguro para que nadie busque el origen de su tesoro es el de extesorero

Manuel Alcántara

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Lo más difícil de ocultar, según se dice, son la tos, el fuego y el amor, pero quizá sea indisimulable aún el fogoso amor al dinero de muchos diputados. No se han perdido una nómina, pero la mayoría tiene cuentas pendientes. Lo de Valencia, aunque sea excepcional, no es único. Han aprovechado todo, desde el rescate de la Fórmula 1, a la visita del Papa, que entonces era felizmente reinante, antes de que fuera sustituido por otro infeliz, empeñado en corregir la naturaleza humana. Ahora se habla de Rita y de la Púnica, además del ‘caso Taula’ y de la necesidad de retirar las placas de las calles erigidas en deshonor de los corruptos. Hay muchos rótulos pendientes, pero retirar sus nombres es más fácil que retirar su dinero. Un nombre se le quita a una calle con el consiguiente desconcierto de los carteros, pero retirar lo que han robado y lo han invertido extramuros es más difícil. La pasta no tiene nacionalidad. Quien la tiene la tiene, aunque no vergüenza por tenerla. La declaración de bienes a la que están obligados los diputados y senadores españoles desde 2011 encubre vacíos, sin que nadie se ocupe de rellenarlos. El puesto más seguro para que nadie investigue el origen de su tesoro es el de extesorero. Su santo patrón es Luis Bárcenas, quizás el hombre más plagiado de España. La llamada Cámara alta no quiere agacharse para recoger sus dispersos bienes en el extranjero, pero seguimos hablando de la regeneración democrática, mientras algunos degenerados se frotan las manos, después de habérselas lavado para alejarse del tufo del dinero, que siempre es de estiércol.

Nos dieron a elegir entre los que había pero es algo desmoralizador haber escogido tan mal. Las declaraciones de nuestros representantes están llenas de ‘vacíos, impresiones y omisiones’ y nadie se encarga de supervisarlas. Malos tiempos para las personas decentes. Puestos a escoger, hay que quedarse con la gente sencilla y humilde; eso que seguimos llamando pueblo. Más que nada porque ‘siempre tiene razón el sufrimiento’. No íbamos a ser partidarios de los señores diputados que ocultan hasta sus deudas. No es que quieran pagar más o menos. Es que no quieren pagar.

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