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Mártires universitarios por el pueblo

La UCA fue una universidad que hizo una clara opción por los pobres
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Este mes se cumplen los veinticinco años del asesinato del Rector y algunos profesores de la Universidad Centroamericana, UCA, de San Salvador por el ejército salvadoreño. Ocurrió en la madrugada del 16 de noviembre de 1989.

Ellos eran Ignacio Ellacuría, entonces rector de la Universidad y discípulo del filósofo español Xavier Zubiri; Ignacio MartínBaró, vicerrector académico y notable académico de psicología social; Segundo Montes, director del Instituto Universitario de Derechos Humanos; Juan Ramón Moreno, director de la Biblioteca de Teología; Amando López, profesor de filosofía, y Joaquín López y López, el único salvadoreño del grupo de los jesuitas (el resto eran españoles) y uno de los fundadores de la universidad y estrecho colaborador. Además, fueron asesinadas Elba Ramos, trabajadora de la comunidad, y su hija Celina, de tan solo 16 años de edad. La orden fue no dejar ningún testigo de la masacre.

A pesar de las múltiples presiones para que el crimen quedara impune, se supo qué soldados y quién los dirigía, nunca se pudo poner en claro quién dio la orden. Se sospecha que el propio gobierno salvadoreño, cuyo presidente era Alfredo Cristiani con la connivencia de la embajada norteamericana durante el mandato del presidente George Bush, padre.

La UCA fue una universidad que hizo una clara opción por los pobres, decidida en diálogo abierto entre todo el profesorado de la universidad. Eran conscientes que el saber tiene un función liberadora y que la crítica científica, libre y rigurosa, ayuda a deshacer engaños, frases hechas, tradiciones que se perpetúan sin sentido, y disuelve los miedos de la ignorancia en las estructuras de poder injustas, por ello, la universidad debe estar al servicio de todos y su misión debe ser: analizar críticamente la realidad y colaborar a la creación de una sociedad más justa y solidaria. La UCA decidió que esa acción, en aquel momento era para la sociedad salvadoreña su misión esencial y la convirtió en su opción preferencial social.

La sociedad salvadoreña hacía años que mantenía una tensión continua entre diversas fuerzas derivadas de la injusticia, la represión y que conllevó a una guerra civil y todo aquel que ayudaba a los pobres, que en este caso era la inmensa mayoría del pueblo salvadoreño sufría la pavorosa represión de aquellos que deseaban que todo siguiera igual, por muy injusta que fuera esa sociedad.

En el camino fueron muchos los que murieron, sacerdotes, monjas, como las cuatro monjas de la congregación de Maryknoll, asesinadas en 1980, Rutilio Grande, asesinado en 1977, jesuita salvadoreño, intelectuales, campesinos, el Arzobispo de San Salvador, Monseñor Oscar Arnulfo Romero, asesinado en 1980; 1981 los soldados mataron a más de 200 hombres, mujeres y niños en un pueblo llamado El Mozote. Hasta el año 2011 el gobierno salvadoreño no se disculpó por la « ceguera de la violencia estatal « desatada allí, y pedir perdón, etc. Mientras, el ejército salvadoreño, que era quien de verdad gobernaba, recibía un millón de dólares diarios del gobierno norteamericano para conseguir la paz.

La UCA, regida por jesuitas sabía, cómo se señala en Decreto 4º de la Congregación General 32 de la Compañía de Jesús: “No trabajaremos por la justicia sin pagar algún precio por ello”.

En un momento como el actual y en una sociedad como la nuestra en donde se había conseguido un cierto estado de bienestar, que para sí quisieran sociedades como la salvadoreña o la centroamericana, y que ahora observa anonada como se van derrumbando los pilares de esos logros conseguidos, como la corrupción desgasta las columnas que sostienen el edificio de la democracia, cabe cuestionarse, la lucha por la justicia social hoy asume nuevas complejidades y hay consenso que las revoluciones armadas no consiguen ningún logro, no hay más que mirar a los países que las han sufrido, ninguno, absolutamente ninguno han podido mantener sus logros, si es que algo se había conseguido. Hoy las respuestas y las soluciones no aparecen tan polares.

Ante la conmemoración de este veinticinco aniversario, de unos universitarios que dieron su vida por llevar el saber al pueblo, cabe preguntarse ¿qué papel debe jugar nuestra universidad, nuestra educación? La respuesta no es sencilla y quizás los lenguajes están encubriendo la realidad social del día a día, de una sociedad donde aumenta la pobreza, el empleo precario; se habla de excelencia, calidad, estándares de acreditación, emprendimiento, resilencia…, da la impresión que hay una tensión dialéctica entre la incidencia social y excelencia académica y no se observa, en el panorama circundante, que la educación, la universidad se haga presente como se hizo presente la UCA en la sociedad salvadoreña.

Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín Baró, Segundo Montes, Juan Ramón Moreno, Amando López y Joaquín López y López no escogieron el tiempo que les tocó vivir, lo que hicieron fue asumir con responsabilidad histórica el tiempo que les tocó vivir, sabiendo que había sus riegos, como lo asumen los que cuidan a los enfermos de Ébola, tan citados en estos momentos, ojalá esta conmemoración pueda servir de reflexión para aquellos que viven su tiempo, pero no asumen su responsabilidad.

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