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Matar un ruiseñor

Antoni Coll i Gilabert

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La tentación era escribir de Rita Barberá y el chanchullo de cada día, pero por fortuna me tropiezo con el artículo de Lucas de la Cal en El Mundo referente a la vida y muerte de la monja catalana Isabel Solà en Haití, una lección de humanidad.

Pasó de los elitistas barrios de Bonanova y Sant Gervasi de Barcelona a vivir primero en las aldeas de Guinea Ecuatorial y luego en las pobres barriadas de Haití, donde sobrevivió al terremoto de 2010 que causó 200.000 muertos.

La monja se dedicaba a fabricar prótesis para más de 300 personas de piernas amputadas, con material que le enviaban de Barcelona y otras partes. Era un ruiseñor de los «que sólo se dedican a cantar para alegrarnos (…) por eso es pecado matar a un ruiseñor», en palabras de Harper Lee.

La mataron de dos tiros para robarle cuando su coche se detuvo en un atasco. Su muerte conmocionó a quienes oían cantar al ruiseñor.

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