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¿Me prejubilo o no? Pregunte a un veinteañero

Pirámide de aspiraciones. Los veinteañeros de hoy tienen cubierta la educación, la sanidad, la comida y, si se quedan en casa, el techo. Tienen ya cubiertas, sus tres fases iniciales de Measlow y son más creativos

Lluís Amiguet

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¿Me prejubilo o no? Pregunte a un veinteañero

¿Me prejubilo o no? Pregunte a un veinteañero

U  no se da cuenta de que se hace mayor, porque se alegra, de que le llamen «señor», pero también le preocupa. Otro síntoma de post madurez es encontrarse en la Rambla, el Moto Club, o el súper con el compañero de clase que…¡Se ha prejubilado!

Pero los de mi generación que han pasado por el trance agridulce de cobrar la primera pensión todavía no han tenido tiempo de decidir si es un chollo o una condena. Y, aunque pueda parecerles que las horas del día se alargan de forma alarmante, aún se alegran de no ir a la oficina, o, en el caso de mi primer amigo del cole prejubilado, a la caja de ahorros.

-¿Y ahora a qué te dedicas? Le pregunto.

-A la bolsa, la banca y la investigación. 

-¡Qué nivel! Le digo con simpatía. Y él me explica, zumbón, que la bolsa es la del pan, porque ahora es él el que va cada mañana a comprarlo. Y es que su mujer lo saca con alivio de casa con ese importante cometido. Después, la banca, es decir el banco de la rambla o de alguna playa a la que suele ir a pasear si ese día se pone las bambas. Y, por último, la investigación, porque es que está todo el día buscando sus gafas por toda la casa.

Pero hay otro tipo de jubilado, además del que se consagra a causas políticas más o menos perdidas, es el que decide ponerse estupendo y creativo. 

Te lo encuentras pintando un paisaje en el Balcón del Mediterráneo o haciendo fotos con una cámara enorme, en vez de con el móvil, como todo el mundo. 

Pero los peores son los de la gran novela de su generación, que no supo o no pudo escribir hasta ahora. Porque está muy bien que tengan ilusiones, pero es que se empeñan en contártela sin haberla puesto sobre el papel. Y es larguísima.

Estos prejubilados creativos querían escribir, pintar, bailar o dedicarse a la política, que es otra forma de perder el tiempo y ganar ego, pero sus padres les convencieron de que una caja de ahorros era mucho más que eso: era un sueldo fijo. Y ahora, con la pensión asegurada, intentan recrear las obras maestras que se ha perdido la humanidad por la corta mirada de sus progenitores.

Deberían hablar con mis alumnos de la Universitat Rovira i Virgili (URV) y comprobar que tienen mucho más claro qué quieren que nosotros a su edad. A nuestros abuelos les obsesionaba la comida, era la postguerra; a nuestros padres el sueldo, era el pluriempleo; y a nosotros, en pleno franquismo, el sexo. 

Los veinteañeros de hoy tienen cubierta la educación, la sanidad, la comida y, si se quedan en casa, el techo. Y de sexo, se lo aseguro, van mucho más sobrados que nosotros. ¿A qué aspiran entonces? 

Pues fíjense en la pirámide de Measlow de nuestras necesidades y aspiraciones: hasta que no cubres una fase, no pasas a la siguiente. La primera es alimentarse y respirar; la segunda, la seguridad, sentirse a salvo; la tercera, el grupo, la identidad, la autoestima, la pertenencia; y la cuarta, en fin, la creatividad: tener nuevas ideas y convertirlas en obras.

Y los universitarios de hoy tienen ya cubiertas, aunque nadie les regale nada, sus tres fases iniciales de Measlow y son más creativos que nosotros. Es a ellos a quien hay que pedir consejo cuando te planteas qué hacer con los años que te quedan por vivir.
 


Lluís Amiguet es autor y cocreador de ‘La Contra’ de ‘La Vanguardia’ desde que se creó en enero de 1998. Comenzó a ejercer como periodista en el Diari y en Ser Tarragona. 

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