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Merkel alza el tono con Putin

Lo que Berlín opine sobre la crisis ucraniana es potencialmente decisivo para la UE
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Como podía suponerse, en el grave conflicto en Ucrania, aunque tratado por la UE de modo conjunto y formalmente coordinado, el papel de Berlín sería determinante. Por la buena razón de que se relaciona, aunque no se diga, con un pasado muy reciente, el de la II Guerra Mundial, y de facto incide directamente sobre la crucial relación bilateral ruso-alemana.

Un vistazo al mapa ayuda: Alemania solo está separada de Ucrania por Polonia y estos dos Estados comparten en su pasado reciente la común ocupación alemana, un viejo antisemitismo y en el caso de Ucrania, una fuerte simpatía de buena parte de su población con el Reich, con las unidades especiales nazis repletas de ucranianos. Aquí sería de aplicación lo que escribió Dominique de Villepin: «aunque no se repite nunca, la historia tiene memoria». En este escenario lo que Berlín opine sobre la crisis ucraniana es potencialmente decisivo para la UE, donde todos los ojos miran a Berlín. Incluidos los del ministro ruso de Exteriores, Serguei Lavrov, quien el martes dijo –en presencia de su colega belga y en Moscú– que en Rusia ven «con gran preocupación» la conducta de líderes alemanes sobre el particular y advirtió sin ambages que las relaciones de la Unión Europea con Rusia sufrirán «graves consecuencias si esto no cambia». El peligro, por lo demás, había sido constatado unos días antes por el propio Lavrov y la jefa de política exterior de la UE, Federica Mogherini. Moscú, abiertamente, juega la carta de subrayar ante los socios de Alemania en la Unión que la política de Berlín tiene algo de propia, particular, no necesariamente útil para el conjunto.

Es justo reconocer que la diplomacia alemana –con un socialdemócrata, Frank Walter Steinmeier, en Exteriores– se atiene a una regla de conducta estable y pactada en el Gobierno de gran coalición y, de hecho, de Berlín han llegado durante meses matices de atenuación y prudencia cuando (más bien desde Washington) venían consignas de sanciones y confrontación con Moscú a cuenta de Ucrania. Es en este marco en el que el nuevo tono de Merkel, singularmente en el congreso de su partido, la CDU, que el martes la reeligió triunfalmente en Colonia como su líder, llama la atención: se diría que Berlín toma un protagonismo diferenciado que inquieta en Moscú.

Putin entró en escena en seguida: visto lo visto y el giro hacia peor que se dibujaba en Berlín pidió a François Hollande, que pasaba por allí, literalmente (el presidente francés volvía de Kazajstán e hizo una escala en Moscú el sábado para hablar con Putin sin salir del aeropuerto) y diera la buena nueva: Moscú desea normalizar relaciones, reconoce sin duda la integridad territorial de Ucrania y, milagro instantáneo: una tregua firme sobre el terreno desde el lunes y la reanudación prometedora de la negociación en Minsk con una esperanza recobrada en Kiev. Milagros de la reaparición en escena de la nueva Alemania.

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