Metaversianos

Ha sorprendido es la envergadura de la apuesta emprendida por  Mark Zuckerberg para convertir a Facebook en una firma enteramente dedicada al metaverso,  entendido como un mundo digital que amplía la dimensión física

Danel Arzamendi

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El sector tecnológico sufrió una importante sacudida cuando Mark Zuckerberg anunció, hace apenas una semana, que su compañía dejará de ser una empresa de redes sociales en apenas cinco años, para convertirse en una firma enteramente dedicada al metaverso, entendido como un mundo digital que amplía la dimensión física, ya sea mediante la realidad aumentada, avatares o interfaces virtuales. La irrupción de este espacio paralelo, sugerido en su día por Second Life, no constituye en sí misma una noticia especialmente sorprendente, teniendo en cuenta que era la consecuencia natural de la conjunción entre el perfeccionamiento de la inmersión multimedia (gracias, especialmente, a los avances en el diseño de videojuegos) y la creciente digitalización de las actividades en casi todas las vertientes de nuestra vida: relaciones telemáticas, compras online, teletrabajo, formación a distancia, etc.

Lo que sí ha sorprendido es la envergadura de la apuesta emprendida por el CEO de Facebook para desarrollar este universo. No sólo ha decidido cambiar el nombre de su compañía por Meta (que englobará a la propia Facebook, junto con WhatsApp, Instagram, Messenger, Horizon o Quest), sino que también ha anunciado una inversión multimillonaria con este propósito. Sólo en 2020, se calcula que la empresa ha gastado casi 20.000 millones de dólares en I+D vinculado a la realidad virtual y aumentada (nada menos que el 21% de su facturación) y se prevé que este ejercicio se acerque a los 30.000. Aunque esta estrategia tiene sus riesgos, el metaverso podría convertirse en una mina de oro para sus pioneros, teniendo en cuenta que generará ingresos cercanos a los 800.000 millones de dólares ya en 2024, según las estimaciones de Bloomberg. Por cierto, para acceder a este mundo será necesario contar con dispositivos VR, que paradójicamente se venderán en una red de tiendas físicas que Meta ya ha comenzado a desarrollar a través de su división Reality Labs.

Zuckerberg va en serio. De hecho, su grupo presentó recientemente Horizon Workrooms, una plataforma para trabajar de forma grupal en una oficina digital inmersiva, que permite realizar diferentes actividades profesionales como mantener entrevistas, asistir a reuniones o compartir documentos, utilizando las gafas Oculus Quest 2.

Sin duda, el gurú de las redes sociales necesitaba pasar página y marcar nuevo rumbo por dos motivos fundamentales: por un lado, por los sucesivos y graves escándalos en los que su compañía se ha visto envuelta últimamente, y por otro, por el evidente agotamiento de su red principal. En efecto, Facebook se está convirtiendo en una plataforma para carrozones, que es observada por la Generación Z como un fax por los millenials o como un ábaco por los que nacimos en los setenta: un invento curioso pero que jamás se nos ocurriría utilizar.

Las primeras aproximaciones a esta visión de futuro se han producido en el mundo de los videojuegos, como Roblox o Fornite, donde ya se han celebrado conciertos masivos o exposiciones de arte, y donde también se han dado algunos pasos en el ámbito de las relaciones profesionales o el comercio estrictamente virtual. Ciertamente, el objetivo no es simplemente ofrecer una versión inmersiva de una red social al uso, sino crear un auténtico universo paralelo donde podamos hacer nuestras compras, participar en eventos, trabajar con colegas, contratar experiencias digitales, o quedar para jugar una partida de billar con un amigo que vive a miles de kilómetros. Hoy por hoy, parece imposible imaginar sus límites.

Desde una perspectiva estrictamente relacional, los principales defensores de este nuevo avance tecnológico sostienen que, a diferencia de lo que ocurre con las actuales redes sociales, el metaverso permitirá que interactuemos de acuerdo con unos parámetros más humanos, gracias a la vivencia de una experiencia sumamente realista, superando las limitaciones que ofrecen las plataformas del primer internet. Efectivamente, es probable que la consolidación del metaverso constituya una vuelta de tuerca total a lo que ahora conocemos, provocando un cambio disruptivo y poliédrico tan acusado como la aparición de la red actual. De hecho, Zuckerberg augura que más de 1.000 millones de personas acudirán de forma habitual a este mundo replicado en menos de una década. Y probablemente se quede corto.

Aunque soy un apasionado de la tecnología y ferviente usuario de diferentes redes sociales, reconozco que algunos de los riesgos que esta perspectiva dibuja en el horizonte son evidentes. Por ejemplo, si las rudimentarias plataformas existentes y los limitados dispositivos actuales están favoreciendo la aparición de una generación crecientemente sedentaria, enclaustrada y distanciada de las relaciones personales con contacto físico, la aparición de una alternativa al mundo real tan atractiva y polivalente podría representar una invitación irrechazable para sumergirse en una vida virtual crónica, donde todo es como queremos y nuestros deseos son satisfechos de forma inmediata, incondicionada e inexorable. ¿Quién pondrá los límites a esta evasión aletargante? ¿Los padres? ¿En serio? Y si hablamos de los adultos, ¿cuántos querrían renunciar a su vida aburrida, frustrante y sin horizonte, para emigrar al país de las maravillas por siempre jamás?

Recuerdo la impresión que me causó la película Matrix, cuando la vi por primera vez en el cine. Me impactó especialmente la imagen de millones de personas hacinadas en pequeños cubículos, creyendo vivir una existencia feliz pero ficticia, mientras los responsables de esta ensoñación les chupaban la sangre en el mundo real. Sospecho que los hermanos Wachowski (ahora hermanas) jamás imaginaron la precisión con la que estaban construyendo una metáfora sobre un futuro, menos cruento pero igualmente inquietante, que quizás nos aguarde a la vuelta de la esquina.

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