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Mirar a los ojos

Antoni Coll i Gilabert

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No solo los enamorados deben mirarse a los ojos. En expresión de Daniel Goleman, este gesto sería la primera manifestación de inteligencia emocional.

Y, como recientemente se citaba la virtud de la humildad, al hilo del discurso de Pablo Iglesias, cabe recordar hoy dos anécdotas que muestran que no siempre es un gesto que se practica en determinadas alturas.

En sus Memorias, Juan Luis Cebrián, primer director de El País, cuenta que durante una hora de entrevista con Giscard d’Estaing, el fatuo presidente, que siempre tuvo fama de engreído, apenas si le miró una vez a la cara.

La otra anécdota hace referencia al carácter displicente de Isabel II. En una recepción Margaret Thatcher se puso sin saberlo el mismo vestido que ella. Cuando encontró el momento, la primera ministra se excusó, y la reina respondió: «Su Majestad nunca se da cuenta de la ropa que lleva la gente». Sin comentarios.

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