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Misión imposible

¿Qué puede hacer el buen papa Francisco, que no sabe de números?
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El papa Francisco, que no solo es un buen hombre, sino un hombre bueno, quiere poner fin al secreto bancario del Vaticano. Ahí es nada. La Banca del Espíritu Santo y de otros espíritus pecadores desea llegar a un acuerdo con el Gobierno italiano para culminar la operación de limpieza bursátil que dejó inconclusa Benedicto XVI. Es el más difícil todavía, que dicen en el circo. Dejar como nuevas las sandalias del pescador echándoles tacones y medias suelas, tiene tarea, pero el responsable de Asuntos Exteriores de la Santa Sede y el ministro de Finanzas de Italia están decididos a que el Vaticano deje de ser un «paraíso fiscal». El perdón, que siempre modifica el pasado, y el propósito de enmienda, que corrige el futuro antes de que llegue, pueden hacer el milagro. ¿Cómo conseguir que los fieles olviden los escándalos más recientes, desde el lavado de dinero de la Cosa Nostra hasta el contrabando de divisas de algún monseñor? Ahora están saliendo a relucir, ya que los tiempos opacos acaban por ser transparentes. ¿Cómo se levanta el secreto bancario si lo que conviene es que siga durmiendo? Las laboriosas pesquisas sobre el tema revelan que cada año, entre 100.000 y 120.000 millones de euros que deberían ser pagados como impuestos han faltado a la cita con el erario público, que sigue citando a san Pablo cuando le conviene. ¿Qué puede hacer el buen papa Francisco, que no sabe de números? Bastante trabajo tiene con seguir creyéndose que uno es tres y tres son uno solo, que en eso consiste la improbable fe aritmética católica. La fe mueve montañas, pero es difícil que mueva los mal llamados Montes de Piedad, que olvidaron la piedad y tiraron al monte, ni otras múltiples colinas. El historial de los escándalos vaticanos no es fácil de borrar, aunque el admirable papa Francisco diga que los pastores deben tener olor a oveja. Lo dificultoso es quitar el persistente aroma al pelo de la dehesa.

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