My weapon

La estandarización de la mediocridad profesional y la banalización de la actividad pública y privada representan un riesgo de coste incalcu-lable. La solución, como suce-de con casi todo, probable-mente haya que buscarla en la educación y la formación

Danel Arzamendi

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La plataforma Netflix comenzó a rodar, hace ya unos años, una serie biográfica sobre el cantante Luis Miguel. La inmensa mayoría de los mortales desconocíamos la existencia de esta producción tan poco tentadora, pero esta semana se ha hecho extraordinariamente célebre, no por sus virtudes cinematográficas, sino por un error garrafal de posproducción, tan cómico como sintomático.

Por lo visto, en uno de sus episodios, una señora mayor utilizaba la popular expresión «mi alma» con un característico acento sevillano: «miarma». Un profesor murciano de Primaria que seguía la serie tuvo la ocurrencia de activar los subtítulos en inglés, y para su estupefacción, descubrió que los responsables de la serie habían traducido este vocativo como «my weapon», es decir, «mi arma» en sentido literal, como instrumento destinado a atacar o defenderse. El docente decidió airear el asunto en Twitter, adjuntando al mensaje una prueba gráfica que acreditativa el disparate. Como era previsible, el cachondeo viral ha sido notable, y la plataforma de contenidos ha anunciado la rectificación del desafortunado subtítulo.

Ciertamente, los traductores automáticos los carga el diablo. Recuerdo la primera vez que utilicé uno, hace más de una década, aplicado a un documento técnico de carácter profesional. No recuerdo el contenido de aquel texto, pero nunca olvidaré el comienzo del primer párrafo: «arco errático pasea». No íbamos bien. Como es lógico, renuncié a aquella novedosa tecnología y tuve que amortizar analógicamente mis clases de inglés. Es cierto que, desde entonces, estas aplicaciones han mejorado significativamente, pero siempre existe el riesgo de hacer el ridículo como Netflix y sus ancianas pistoleras.

Probablemente, el campo que ha dado más juego para este tipo de equívocos ha sido el sector de los bazares regentados por la comunidad china. Hace poco, un amigo me envió la foto de unas instrucciones de un artículo comprado en uno de estos establecimientos. Literalmente decía: «Advertencia. Después de hablar con cajas de conexión que ping en el suelo. Asegúrate de que después de haber sido crucificado, unánimemente. Todos los clavos debe apuntar directamente, no una curva. O que la inestabilidad, los productos o reventar reventar seriamente dañadas». Sic. Todavía se vino más arriba el traductor automático de la etiqueta de unos recogedores de migas, que en castellano aparecían como «cogedores» (término resbaladizo en Latinoamérica), y que eran traducidos al italiano como «raschiatura», al inglés como «fuckers», y al portugués directamente como «filhos da puta». Palabrita del Niño Jesús. Puedo pasarles la imagen.

Afortunadamente para las personas que se dedican profesionalmente a la traducción, todavía tendremos que esperar bastantes años para que el desarrollo de la inteligencia artificial permita que un ordenador capte los matices de las jergas, las metáforas, las expresiones entrecortadas, las muletillas y las frases hechas. Hace un año escaso me encargaron la coordinación de unos vídeos producidos para EIT Urban Mobility de la Unión Europea, y nos encontramos con el mismo dilema. Una traducción automática de subtítulos era mucho más barata, pero las posibilidades de cometer errores se disparaban exponencialmente. Afortunadamente, pudimos recurrir finalmente a un profesional que hizo la labor de forma tradicional.

El hecho de toparse con unos recogedores de migas etiquetados como «fuckers» no tiene una especial trascendencia. Incluso puede alegrarnos la mañana. Sin embargo, comienza a resultar inquietante que un gigante de la comunicación como Netflix patine en el mismo sentido. Esta misma semana también se ha hecho viral un informativo de la CBS, donde se daba cuenta de las últimas novedades sobre la erupción del Cumbre Vieja con un mapa delirante. No confundía la isla de La Palma con Las Palmas de Gran Canaria, ni siquiera con Palma de Mallorca, sino que situaba el volcán en plena región de Murcia. Insisto, la CBS. Para colmo, mientras la cadena localizaba la catástrofe en plena Península Ibérica, la enviada especial, Roxana Saberi, señalaba que «muchas personas en esta isla volcánica lo han perdido todo». Un circo.

Este tipo de barbaridades informativas comienzan también a ser frecuentes en la prensa escrita. Probablemente tenga que ver con la progresiva desaparición de un personaje que, según dicen, solía ser habitual en los periódicos de antaño: el corrector. Esta figura no sólo se encargaba de revisar la ortografía, la sintaxis y el estilo de los textos antes de pasar a imprenta, sino que frecuentemente también contaba con una cierta cultura general que le permitía detectar las estupideces de grueso calibre. Cuántas veces hemos leído noticias en las que al periodista le ha dado igual escribir diez o diez mil, posiblemente porque no tiene la menor noción sobre el tema que está desarrollando. Y se ha quedado tan ancho.

Todos estos fenómenos, aparentemente heterogéneos, quizás compartan un mismo vicio de origen: la creciente intrascendencia del rigor. Esta misma semana compartí mantel con un experto de prestigio internacional, quien comentaba sus experiencias con determinadas administraciones de nuestro entorno. Confirmaba que algunos políticos están implementando estrategias ineficaces de forma totalmente consciente, porque su prioridad es responder a lo que sus votantes esperan de ellos, aunque sea técnicamente absurdo. Es decir, que ya no se trata de hacer aquello que es preciso, sino aquello que puede colar en el corto plazo. Y si es un error, tampoco pasa nada. Qué más da. My weapon.

La estandarización de la mediocridad profesional y la banalización de la actividad pública y privada representan un riesgo de coste incalculable. La solución, como sucede con casi todo, probablemente haya que buscarla en la educación y la formación. Lamentablemente, no estamos apostando por un modelo basado en la exigencia individual, el rigor intelectual y la responsabilidad personal, sino más bien por todo lo contrario. Y así nos irá.

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