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Nacionalismo económico

En Madrid los gobernantes conservadores ofrecen a sus electores impuestos bajos, para seguir atrayendo, en una espiral perversa, más recursos y más poder

Pedro Villalar

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Quienes detestamos el nacionalismo étnico, esa viscosa superioridad moral que exhiben sin pudor quienes se creen superiores por distintos, y estamos en la batalla intelectual de combatir cuanto no sea internacionalismo, cosmopolitismo y globalización, sentimos cierto desconcierto al revisar la trayectoria de Madrid, que pese a ser y seguir siendo el «rompeolas de todas las Españas» (Antonio Machado), y por ello mismo la contrahechura del particularismo periférico, comparece con unas veleidades introspectivas y egoístas que lo vuelven antipático a los ojos del resto del Estado.

En Madrid están el poder y el dinero, y por ello, los gobernantes conservadores que hoy dominan la provincia capital y la capital del reino ofrecen a sus electores impuestos bajos, para seguir atrayendo, en una espiral perversa, más recursos y más poder a la llamada de la baja tributación. Como su posición privilegiada les entrega ciertas plusvalías, la exacción a sus ciudadanos y a sus empresas puede minorarse.

La reducción a cero del impuesto sobre transmisiones patrimoniales ha atraído como es lógico a buena parte de la riqueza patria, que se libra así de caer en las garras de la redistribución, un concepto que a la vista de algunos ojos atávicos es comunismo, rojez, revolución y caos.

El nacionalismo económico es menos agresivo que el otro pero igualmente dañino y destructivo. Debería plantearse este asunto ahora en el debate y que mostrarse a una opinión pública que quizá no se entere del todo de lo que está pasando.

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