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Necesario, pero imposible

La transición fue un espejismo. Creímos que nacía la tercera España pero fue sólo una tregua

Juan Carlos Viloria

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Tomo prestado el título de uno de los libros de la tetralogía de Javier Gomá sobre ejemplaridad y experiencia en cuyo subtítulo, a continuación, se pregunta: ¿qué podemos esperar? No tiene nada que ver con la política a ras de suelo pero resume perfectamente el dilema en el que se encuentran en estos momentos la sociedad española y su clase política. Con la misma convicción que vemos necesario aparcar la confrontación partidaria para alumbrar una fórmula de acuerdo creativo y hacer viable la gobernabilidad, contemplamos impotentes la imposibilidad de su realización. Porque a la luz de la experiencia, esa esperanza de acuerdo transversal entre las dos Españas se prueba inverosímil. Ya sé que no soy nada original diciendo que es lo que toca ahora a este país para cerrar el ciclo de la Guerra Civil, la dictadura, y las tres décadas de democracia; toca demostrarse a sí mismo que puede superar el sectarismo político que acarreamos desde hace tantos años en la mochila. No es original, pero es incuestionable.

La transición fue un espejismo. Creímos que nacía la tercera España pero solo fue una tregua transitoria entre las dos irreconciliables. Este país, tan viejo, continúa viviendo una etapa de adolescente, que no quiere crecer, que no ha llegado a la plenitud ética en la que debería ser consciente de su ser histórico y de sus compromisos con las generaciones futuras. Al contrario, vive como si estuviera en permanente construcción o, mejor dicho, en una dinámica en que lo que unos construyen por el día otros intentan destruirlo por la noche. Alguien ha apuntado que la corrupción en la política y su entorno ha facilitado la universalización del odio y ha recargado las pilas a la confrontación derecha-izquierda. Y no va desencaminado. No hay más que ver la inquina hacia el otro que se respira en las redes sociales y los foros de opinión. Si hacemos el ejercicio teórico de adjudicar el papel de la tercera España a Ciudadanos, la calle les ha concedido un escaso margen de maniobra en lugar de árbitros para ejercer el papel de pasteleros entre rojos y azules. Porque la mediación vende poco; aquí, todavía, si no tensionas no ganas votos.

Y en el terreno de la izquierda ahora compiten PSOE y Podemos en demostrar quien detesta más al PP para hacerse con la hegemonía en su campo. En ese escenario se requiere un ejercicio de generosidad, modernidad, visión de estado que –ojalá me equivoque– ningún partido estará a la altura de las circunstancias. Únicamente una vez en nuestra reciente historia se produjo un despliegue de generosidad y grandeza similar al que se demanda en estos momentos. Pero fue en una situación extrema cuando hombres y mujeres de PP y PSOE caían abatidos por las balas del terror en el País Vasco y se impulsó a Patxi López como lehendakari. Pero me temo que fue la excepción que confirma la regla.

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