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Netflix gana a cualquier juicio

Prejuicios. Dicen que la sentencia ya está escrita. Yo diría que la doble sentencia ya está redactada desde hace tiempo. Los que han decidido en nombre de todos que sólo hay una opción: la suya

Natàlia Rodríguez

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Netflix gana a cualquier juicio

Netflix gana a cualquier juicio

Sólo los americanos tienen un sistema judicial apto para retransmisiones en directo. Sólo los americanos, con su larga tradición peliculera, son capaces de hacernos tragar horas de televisión enganchados a juicios que van desde lo más anodino a crímenes repugnantes. La fascinación por lo procesal parece necesitar de lo foráneo, de lo exótico.

Amamos a los jueces ingleses con sus pelucas ridículas y sus cuellos de armiño. Su logorrea incomprensible (en los países anglosajones todo se basa en la jurisprudencia) nos tiene embelesados y ahí nos enquistamos delante de cualquier pantalla para ver cómo se juzga fuera, cómo otros hacen justicia, cómo culpables e inocentes se las arreglan allende los Pirineos. Y es que, en la época de Netflix, el Tribunal Supremo lo tiene crudo.

No nos va a gustar su estética, que nos va a recordar al moho y el terciopelo agujereado, ni menos nos va a encandilar su lenguaje críptico, arcaico e incomprensible con sus acrónimos. Le haremos guasa va al acento castizo de la secretaria judicial que, muy a la madrileña, a Vox le llama Vos, como a en Madrid, al fax le llaman «fas». 

No nos van a gustar las togas de sus señorías porque diremos que parecen personajes cervantinos con sus cotillas y sus puñetas, algo así como las cofradías de Semana Santa. 

No nos va a gustar el bigote del guardia civil de la entrada porque diremos que nos recuerda a otros bigotes y hasta aquí puedo leer, ni apreciaremos que uno de los jueces del Supremo se llame Berdugo con B porque diremos que ha manipulado su apellido para no llamarse Verdugo con V (en realidad Berdugo es un apellido sefardí que pertenece a una saga de judeoespañoles asentados en Marruecos desde 1492). 

Dicen que la sentencia ya está escrita. Yo diría que la doble sentencia ya está redactada desde hace tiempo. Los que han decidido en nombre de todos que sólo hay una opción: la suya. 

Sinceramente me importa poco el look del Tribunal Supremo, las cotillas y las puñetas, el acento castizo, el bigote, la barba y las arrugas que circulen por las salas y me la repampinfla cómo se llamen sus señorías. 

Responder ante la Historia

Lo único que me importa es que se haga lo justo, justicia, y que la sentencia ponga a cada uno en su lugar. Si para ello es necesario que el lenguaje sea crítico y lleno de acrónimos porque es de la única forma que aseguraremos las garantías procesales y que el lugar sea rancio porque el propio tribunal sabe que debe responder ante la Historia (esa con H), bienvenido sea. 

No estamos delante de un juicio a la Núremberg por mucho que se empeñen los Hunos (me permito copiar la expresión que utilizó ayer en la Tribuna del Diari Santi Castellà, profesor del Departamento de Derecho Público de la Universitat Rovira i Virgili, sin su permiso), ni estamos ante un golpe de Estado por mucho que griten en manifestaciones absurdas los Hotros (gracias, Santi). 

Sentido común

Sinceramente, algún día, los que llevamos meses callando para no provocar a los amigos, haciendo oídos sordos a las peroratas que nos llegan desde los extremos del conflicto, los que observamos con estupor cómo se manipula el pasado para justificar un presente irreal, tenemos todo el derecho del mundo a que un buen juicio (que como su nombre indica hace referencia al sentido común) acabe imponiéndose a toda esta locura.
 

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