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Ni liderazgo ni consenso

Desunión. Transformar la ciudad requiere de acuerdos. 

Álex Saldaña

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Ni liderazgo ni consenso

Ni liderazgo ni consenso

Siempre he creído –y los hechos lo han corroborado más a menudo de lo que me gustaría– que nuestros políticos van a los debates electorales a soltar su rollo, sus consignas, sus proclamas, como si de un mitin más se tratara. Escuchar los argumentos de los rivales, desde luego, se lleva muy poco. Y así se hace muy difícil el intercambio de opiniones. No digamos ya llegar a un mínimo consenso. ¿Han visto ustedes alguna vez en un debate oír a un candidato decir que su oponente tiene razón en algún tema o que alguna propuesta que no venga de sí mismo le parezca interesante?

Y, sin embargo, Tarragona necesita de grandes entendimientos. No tanto para formar un equipo de gobierno –que también, dado que todas las encuestas descartan una mayoría absoluta de un partido– como para establecer una hoja de ruta que dibuje de una vez por todas el modelo de ciudad que defina qué quiere ser Tarragona cuando sea grande. En otras urbes esta transformación ha sido posible gracias a un liderazgo fuerte y a una visión clara que han permitido vencer resistencias y obstáculos. Hablo de la Barcelona de Pasqual Maragall, del Bilbao de Iñaki Azkuna, o de la Donostia de Odón Elorza, por citar sólo tres ejemplos. Pero Tarragona carece de un líder de este tipo, por lo que está obligada a la búsqueda de consensos para salir del soporífero marasmo en el que se halla sumida.

Y esto, que se antoja tan urgente y tan impostergable, ni está ni se le espera. En esta Tarragona lo que se lleva es ir cada uno por su lado. Aquí la pelea es por sentarse en el sillón de alcalde y coger el cetro para mantenerlo cuatro años, a ser posible con un compañero de viaje que no toque demasiado las narices, que para eso ya está la oposición. Porque aquí la oposición hace eso, oponerse. Por principio. Contra todo. Algo muy de Tarragona.

Dicen –y me consta que en otros lares sucede– que la política municipal es diferente, que las siglas apenas cuentan cuando de lo que se trata es de desencallar temas de ciudad. Pero eso aquí no pasa. ¿Ir todos a una por el bien de Tarragona? ¿Recuerdan lo que sucedió con los Juegos Mediterráneos? ¿Creen que cualquier otra ciudad se hubiera permitido tal imagen de desunión en un evento como ese? Pues eso.  

Uno escucha a los alcaldables de los diferentes partidos, les ve debatir, lee las propuestas incluidas en sus programas, y no puede evitar caer en la más profunda depresión. No, aquí no se vislumbra ese líder capaz de transformar la ciudad. Y lo peor es que tampoco se ve la intención de llegar a acuerdos y consensos que rescaten de su letargo a esta Tarragona que sigue dormida. ¡Qué tristeza! 

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