Niñas jugando al fútbol

ÁLEX SALDAÑA

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El Diari publicó ayer un reportaje en el que se hacía eco de una iniciativa que tiene lugar en la Escola Campclar de Tarragona que quizá pueda parecerle a mucha gente banal y que, sin embargo, encierra una historia de gran relevancia, una revolución, como dicen los maestros del centro: por primera vez en la historia del colegio varias niñas se han decidido a practicar fútbol como actividad extraescolar. De hecho, han sido tantas que se han visto obligados a formar dos grupos, y juegan en equipos mixtos, con otros niños del colegio. Es una noticia importante y alentadora, por muchas razones: porque la actividad está subvencionada, lo que permite que niños sin recursos tengan acceso a la misma, lo que ya de por sí es un gran qué; porque ayuda a educar en valores como la igualdad y el respeto al otro sexo –«antes no nos pasaban la pelota y ahora nos buscan para jugar», dicen las niñas con respecto a sus compañeros varones–; porque el patio se ha convertido en un lugar para todos –hay colegios con ‘días sin pelota’ para favorecer que las niñas tengan su espacio–; porque hablamos de una escuela donde los alumnos de origen extranjero tienen un gran peso y muchos de ellos vienen de culturas donde no es frecuente la participación de las niñas en actividades deportivas; porque el deporte es un gran vehículo para fomentar el compañerismo, la tolerancia y la inclusión; porque estas niñas tienen derecho no solo a jugar, sino también a soñar, y a hacerlo en grande. No, no es, en absoluto, una historia banal. Ni para ellas, ni para la sociedad.

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