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Niños en los campos de refugiados

¿Nos habremos acostumbrado a ver las caras de dolor de los niños de Siria?

Salvador Aragonés

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La mitad de los refugiados sirios son niños, según informa UNICEF. Ellos no conocen la vida normal. Parte de su vida, o toda su vida, se la han pasado en la guerra y en los campos de refugiados. Los que recuerdan su pasado, quieren volver a su pueblo, a su escuela, a sus juegos, a sus amigos y amigas, con sus parientes.

A otros les gustaría estar con sus padres pero han muerto o están desaparecidos, o están en países distintos. Son los desastres de la guerra. Estos niños se han hecho adultos en poco tiempo, a pesar de su edad. Han conocido la muerte de cerca, el dolor, la impotencia contra las bombas.

Estos niños son hijos de la guerra, de una guerra que lleva cinco años rompiendo las casas, los puentes, las carreteras, los hospitales, las escuelas, los monumentos de Siria. Y lo que es peor, rompiendo corazones, sentimientos, afectos, llenándose de dolor y de angustia. Muchos de ellos gritan porque quieren estar con su papá y su mamá, y otros gritan, desesperados, porque quieren “volver a casa”.

Han llegado a los campos de refugiados ropas deportivas, camisetas de jugadores de fútbol, pero estos niños no estaban acostumbrados al fútbol. Los voluntarios les han enseñadlo y hoy dan patadas al balón corriendo por los campos.

¿Nos habremos acostumbrado a ver las caras de dolor de los niños de Siria? Viven en campos de refugiados. Según UNICEF, uno de cada tres niños sirios ha nacido en la guerra o en campos de refugiados, en Líbano, en Jordania, en Egipto, en Turquía, en Europa.

Son niños sin escolarizar, muchos de ellos, y temen su futuro. Mohammed, de 9 años, que vive en un campo de Grecia, ya es consciente que no puede ir a la escuela. Quería ser profesor de inglés, vivía en Alepo y ahora solo puede aspirar a ser conductor de camión. “No me gusta estar aquí -ha dicho- pues no estoy seguro lo que podré hacer mayor”.

Los campos de refugiados están llenos de gente sin esperanza, viviendo del último rumor, pidiendo medicinas médicos; temen la polio para los niños. “No me gusta estar aquí”, es lo que dicen estos niños. Más de dos millones de niños esperan ser registrados en los campos de refugiados o en las fronteras, según los datos de UNICEF.

El caso de la niña Amal Ismail, de 8 años, es una historia tierna y brutal al mismo tiempo. Vivía feliz con sus padres en Nawa, una ciudad del sur de Siria, hasta que su casa y su barrio fueron alcanzados por varias bombas. Sus padres, Jaffa y Maha, que tenían una carpintería, salieron cado uno como pudo corriendo. Se salvaron. Cada uno creía que su hija Amal estaba con el otro. Pero la niña quedó perdida en la ciudad. Vagó días, semanas y meses.

Cuenta el periodista chipriota de Associated Press, Menelaos Hadjicostis, el drama que vivieron sus padres cuando se reunificaron y vieron que no estaba su hija Amal. La niña fue de un sitio a otro, mientras los padres alcanzaron Chipre, una isla y un país de la Unión Europea, con su otra hija que tiene una malformación congénita en las piernas.

Tras dar información a todas las agencias internacionales de refugiados y de niños, al fin fue localizada su hija Amal en la frontera entre Sira y Turquía. Habían pasado dos años. Pudo reunirse con sus padres gracias a que intervino personalmente el ministro del Interior de Chipre. Cuando volvió a abrazar a sus padres, dijo: “¿Por qué me habéis dejado? ¡No quiero volver a casa!”. Todos lloraban a lágrima viva. Fue un final feliz (los padres pagaron los 30.000 euros que les costó toda su tragedia).

Amal tuvo suerte, pudo abrazar a sus padres. Pero hay niños sirios que no tienen ya a sus padres porque han muerto. A ellos se les han secado sus lágrimas. Han perdido hasta sus ganas de llorar.

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