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No, la oveja no podía volar

Los afganos llevan más de cuatro décadas luchando consigo mismos y sobre todo con soluciones que se le quieren imponer desde fuera. Quizás ha llegado el momento de intentar dejar que hagan el camino a su ritmo y esperando que algunas semillas plantadas acaben de germinar

Pau Miranda

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Pau Miranda @pauumirandaa

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¿Qué haría usted si su jefe le ordena que enseñe a volar a una oveja? Así empezaba un brillante artículo publicado en Foreign Policy para intentar explicar el enfoque de los militares estadounidenses en la guerra afgana, la más larga que ha visto su país. «Cualquiera de los comandantes del contingente militar estadounidense –seguía el autor- tenderían, por costumbre y cultura profesional, a decir ‘sí, puedo’ antes de embarcarse en una campaña de aeronáutica ovina». 

Tres años después de aquel artículo, la Casa Blanca, después de varias administraciones empeñadas en seguir probando lo improbable, ha dado el paso para la aparente sorpresa de muchos. Dos décadas y tres administraciones que, aunque con grados diferentes, comulgaron con sus propias mentiras y, como confesó un asesor militar de inteligencia, dejaron que los gestores de la guerra se convirtieran «en un helado que se chupaba a sí mismo».

Esta confesión, como otras igualmente gráficas e inmorales salieron a la luz después de una filtración masiva de documentos que hizo públicos The Washington Post hace un par de años. Se ponía de manifiesto que los estadounidenses no tenían «ni idea» de lo que hacían, como dijo entre bambalinas el zar Doug Lute, uno de los mayores asesores de Bush y Obama para las guerras de Afganistán e Irak. Aquella filtración fue muy parecida a la que, a principios de los años setenta, desveló en el mismo Post las realidades de la guerra de Vietnam y expuso la total falta de escrúpulos de quienes en Washington seguían alimentando una guerra sin sentido. Ya se sabe, la historia no se repite, pero rima, vaya si rima. 

La retirada de las tropas occidentales hace obvias muchas mentiras sobre la «reconstrucción» de Afganistán, que fue sobre todo una huida hacia ninguna parte y  sin objetivos que ha provocado la muerte de al menos 170.000 afganos, en buena parte civiles

Hace un año, Washington y los talibanes acordaron el fin de la guerra, concretamente de la guerra con Estados Unidos, porque la guerra afgana, no hay que perderlo de vista, empezó hace cuarenta años, mucho antes de que los talibanes fueran siquiera un proyecto y cuando Estados Unidos veía aquel rincón como la clave para expandir la democracia en el mundo. El pacto llegaba casi 18 años después del inicio del ataque estadounidense, apoyado por una coalición de países, entre ellos España, aun cegados por el impacto de las Torres Gemelas cayendo en prime time. 18 años, lo mismo que duró formalmente la guerra de Vietnam, que luego se alargó un poco más. Siguen las rimas. ¿Han leído alguna referencia a Saigón en los últimos días? El New York Times está haciendo una gran cobertura del avance talibán y lo menciona casi en cada pieza.

Tampoco hay que exagerar con la comparación. No, los talibanes no son el Vietcong (aunque puede apostar a que en las cuevas de Kandahar se han leído los manuales de Ho Chi Minh) y, desde luego, no hay perspectivas de que Afganistán se convierta a corto plazo en un país unido alrededor de un proyecto común como sí hizo Vietnam para desembocar, después de recorrer su propio camino, en el país que es ahora. Algún brote verde hay a pesar de los horrores. Los últimos veinte años han conseguido reducir lacras como la infame mortalidad infantil y han llevado a las aulas a una generación de niños y niñas que, siendo optimista, puede hacer florecer una nueva generación de líderes que consigan sacar a su país de los círculos viciosos de corrupción y violencia. Eso, claro, si no huyen todos para siempre.

Si ha llegado hasta aquí, estimado lector, aquí llega la idea clave del artículo. Vale, Afganistán no es Vietnam, pero ¿y si, solo por un momento, en vez de mirar hacia atrás intentamos mirar hacia adelante? Se pregunta el pensador indio Pankaj Mishra, por qué Occidente pide a Asia que logre en unos años la democracia real que Europa tardó siglos en conseguir. En los años setenta, antes del inicio de la guerra, Afganistán no era ningún paraíso con mujeres vestidas a su gusto ni con etnias e ideologías conviviendo en concordia. Era un país saliendo del siglo XIX, de la edad media en algunas zonas, y donde buena parte de la población seguía viviendo atada a fuertes tradiciones, que incluyen una fuerte segregación de género para casi todo. 

Cuarenta años después, Afganistán sigue intentando digerir un siglo XX que lo ha maltratado por los delirios imperiales de unos y otros, para beneficio de unos pocos que han hecho de la corrupción una forma de vida ya traspasada entre generaciones, y para desgracia de la mayoría de los afganos, que siguen queriendo paz, por encima de todo. 

Lo que viene a partir de ahora probablemente no sea para nada paz ni desde luego concordia, y va a ser muy duro sobre todo para algunos grupos: para muchos jóvenes educados y, en especial, para muchas mujeres que vieron crecer el sueño de superar una cultura (no una religión, una cultura) que las sitúa en segundo plano y les roba la capacidad de decidir sobre sus vidas. Pero los veinte años de intervención occidental, como los diez anteriores de intervención soviética, no han sido el camino para que Afganistán avance. En realidad, esas intervenciones no lo pretendían, sus objetivos eran otros que tampoco se lograron.

El cordero nunca llegó a volar, ni por asomo. ¿Y si lo dejan caminar?

Pau Miranda es un periodista especializado en información internacional que lleva más de dos décadas siguiendo Afganistán. 

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