No nos olvidemos de Afganistán

ÁLEX SALDAÑA

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Reflexionaba hace unos días con una colega periodista sobre la velocidad con que se suceden las noticias y la facilidad que tenemos para saltar de un tema a otro, a menudo con el riesgo de hacer caer en el saco sin fondo del olvido dramáticas realidades que, aunque nuestra mirada ya no esté puesta en ellas, continúan vigentes. Y uno de los casos de los que hablamos fue de lo que ocurre en Afganistán. Retirados los periodistas occidentales del país una vez pasó la efervescencia de la llegada de los talibanes al poder, ya prácticamente nadie habla de lo que allí sucede. En gran medida por las trabas a la libre información que han impuesto los nuevos dirigentes. Y, sin embargo, aunque casi no nos enteremos, la vida allí sigue transcurriendo, si es vida lo que tienen los afganos y, sobre todo, las afganas. Y es que las pocas noticias que salen del país son, cuando menos, escalofriantes. Como esa foto de tres recién nacidos apretujados en una incubadora de un hospital colapsado donde cada enfermera debe ocuparse de más de 20 bebés, cuando antes lo hacía de tres o cuatro. La situación es, ciertamente, trágica. Según Naciones Unidas, el 95% de la población de Afganistán no tiene suficiente para comer. Si el gran Forges insistía en que nos olvidáramos de Haití, tampoco podemos dejar a los afganos abandonados a su suerte. A su mala suerte.

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