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No seamos sordomudos en este 2021 y sucesivos…

Recomiendo que pensemos con tranquilidad: que lo importante no es lo que nos prometen, sino lo que realmente  pueden hacer y cumplir con los medios de que disponen

JOSEP MUÑOZ I GRÁCIA

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JOSEP MUÑOZ I GRÁCIA

JOSEP MUÑOZ I GRÁCIA

¿No habéis visitado nunca un instituto de sordomudos? ¡Cuánta desventura la de estos pobrecitos! Nada de lo hermoso y tierno que una criatura humana puede «decir u oír» existe para ellos. Sólo con infinitas dificultades (en la actualidad menos) pueden comunicarse con sus semejantes, como prisioneros que se hacen señas desde sus calabozos. Leí, una vez una poesía sobre niños sordomudos que decía:

«¡Ay, vida desolada! ¡Ay atroz desventura! Son muchas las campanas; muda es la voz humana. Lo que el corazón cela, a nadie se revela. ¡Ay vida desolada!»

Esto me recuerda a muchas personas que, sin ser «sordas ni mudas», arrastran una vida miserable sorda y muda, porque nunca han aprendido a hacer el debido uso de sus oídos y de su boca. Están siempre ensimismados, sólo oyen cuando se trata de algo que les atañe, y se vuelven sordos, cuando atañe a los demás. Oyen perfectamente cuando se les llama para algo de su interés, pero cuando los demás se quejan, de que están cansados o necesitan ayuda, aunque parezca mentira, no oyen. Si alguien les manifiesta un deseo gritándoselo al oído como un trompetazo, lo oyen bien; pero si el deseo se les manifiesta en voz baja y como con miedo, se hacen los desentendidos. Cuando alguien llora destempladamente, reconocen haberla ofendido o insultado; pero nada advierten cuando la voz de ese alguien sale conmovida y temblorosa por el desaire recibido.

Recorren los campos en busca de nidos, y entienden el piar de los pájaros; saben cuando el pío es voz de alerta, y cuando es expresión de rabia o de alegría; pero sus oídos «no» están hechos a las voces de los seres humanos. Son sencillamente «sordos», y nada les dicen sus oídos de lo que pasa en el alma de sus semejantes. No han hecho nunca nada o muy poco, para conocer el estado de ánimo en que se encuentran los demás y no saben, por consiguiente, cómo tratarlos, quedándose insensibles como tantos «sordos».

¿No habéis oído hablar nunca de los indios, cuyo oído es tan fino, que, aplicándolo al suelo, oyen desde grandes distancias el galopar de los caballos, y por el ruido de las hojas secas advierten el acercarse de un hombre, mucho antes que los «caras pálidas» lo aperciban? Nosotros no tenemos la necesidad de aprender esto; pero no estaría demás que nos perfeccionáramos en este arte a nuestros oídos. Yo creo, que deberíamos de afinar a tal punto este sentido, que discerniera, por el tono de voz, lo que por el corazón de nuestros semejantes pasa: si están tristes o alegres, si de mal humor, irritados u ofendidos, si cansados o apenados… etc. Este arte puede aprenderse, como el indio ha aprendido el suyo; basta con que nos fijemos en cuanto nos rodea, y no pasemos nada por alto.

Es, sobre todo, de particular importancia tener el oído afinado y la palabra adecuada cuando se visita a un enfermo o se gobierna a un país; conocer su fatiga, sus problemas, su situación etc.… antes que él mismo lo sienta, al igual que el indio que percibe el galopar de los caballos que se acercan, cuando todavía nada se distingue en el horizonte.

Próximamente, tendremos que escuchar a muchos posibles presidentes de la Generalitat, que nos querrán decir lo que pretenden hacer si salen elegidos. No tenemos que ser «sordos», pero si analizar su tono de voz y forma de decirlo

Dios no nos ha dado las orejas para que impidan que las gafas, gorra o el sombrero se nos meta hasta los hombros, sino para que nos comuniquen cuanto a nuestro alrededor pasa, y nos adviertan dónde se requiere amor, dónde una palabra cariñosa, dónde un apretón de manos, dónde una excusa y dónde una rápida retirada… si es necesario hacer.

Ya podéis figuraros a quien en estos momentos, tan difícil y complicados, aludo, con la palabra «mudos y sordos»: a los hombres o mujeres que nunca saben decir a tiempo una palabra amable o cariñosa; a quienes estando al frente de decisiones importantes no las comunican con la debida claridad y honestidad; a quienes anteponen su bienestar personal al colectivo y a otros muchos más que están en vuestro pensamiento… Incluso quiero creer, que puede haber quienes, poseyendo en el fondo de su alma sentimientos nobles y delicados para con los demás, creen que no vale la pena de manifestarlos, por no perder su posición social. A veces, incluso, esto procede de apatía o pereza, a veces de timidez y falta de costumbre, a veces de falta de formación y honradez…

¡Cuántas veces dejamos de dirigir palabras, de consuelo y simpatía al que está enfermo o afligido o ha perdido a personas queridas (como en estos momentos actuales)! Nos quedamos «mudos» y llenos de gravedad, y preferimos callar, a pesar de que quisiéramos decir algo, porque no encontramos las palabras a propósito. Y, sin embargo, toda palabra de consuelo es como una corona de flores que se coloca sobre la tumba o sepulcro. Debemos, pues, pensar en lo que puede ser de mayor consuelo para el otro, y no tener empacho en decírselo.

No se nos ha dado la boca tan sólo para engullir, sino también para algo mucho mejor y más noble. No podéis figuraros, creo yo, humildemente, lo hermosa y delicada expresión que toma una palabra cuando es cordial y sincera, por supuesto cuando interiormente la sentimos.

Esto no quiere decir que debamos tener de continuo el corazón en los labios, pues se resfriaría; sino tan sólo que hemos de acostumbrarnos a vencer, cuando la ocasión se presente (ahora es el momento) toda falsa reserva y ‘mutismo’ y manifestar a los demás la verdad de lo que ocurre. Aprendemos a cantar, a tocar el violín o el piano, a bailar para entretenernos nosotros y a los demás. Me pregunto ¿por qué no aprendemos el arte de hablar con sinceridad, cariño, amor, honradez…? Y seguro que descubriremos que con la palabra podemos manifestar los sentimientos de nuestro corazón; con la música interpretamos al autor y también de paso, como la música también, son palabras, hablamos, escuchamos y transmitimos a los demás, lo que realmente sentimos, hacia ellos.

Un verdadero amigo es aquel que siendo ciego te puede mirar y siendo sordo te puede oír y que siendo mudo pueda hablar, porque tú siempre le correspondes con el cariño que se merece.

Próximamente, tendremos que escuchar a muchos posibles presidentes de la Generalitat, que nos querrán decir lo que pretenden hacer si salen elegidos. No tenemos que ser «sordos», pero si analizar su tono de voz y forma de decirlo. Igualmente, no tenemos que ser «mudos» en el momento de manifestar nuestro parecer a sus manifestaciones.

Simplemente, yo recomiendo que pensemos con tranquilidad: que lo importante no es lo que nos prometen, sino lo que realmente pueden hacer y cumplir con los medios de que disponen.

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