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Nobleza, linaje, cristiandad y cárcel

Una cosa es la Gracia y otra el Honor. Gracia la tenían Chiquito de la Calzada, por su natural. El Honor, en cambio, es más serio y despierta mayor admiración y respeto

Ángel Pérez Giménez

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Ángel Pérez Giménez

Ángel Pérez Giménez

¡Hola vecinos! O.A.P. ya era Caballero de Gracia y Devoción de la Soberana Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, Rodas y Malta. Pero el grado de aristocracia se le quedaba corto. Aspiraba a ascender en el escalafón y solicitó ser reconocido como Caballero de Honor y Devoción de la Soberana Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, Rodas y Malta, que parece lo mismo pero no lo es. Una cosa es la Gracia y otra, el Honor. Gracia la tenían Chiquito de la Calzada, por su natural, y el mismísimo Dios que, como es sabido, hacía posible que el generalísimo Franco fuera Caudillo de España por su Gracia de Él: la Gracia de Dios.

Y por eso ‘Paca la Culona’ disponía del derecho a circular bajo palio como el Santísimo Sacramento. El Honor, en cambio, es más serio y despierta mayor admiración y respeto que la simple Gracia. O.A.P, de 39 años, vecino de Valencia, adonde llegó desde Teruel, quería Honor. Honores. Un pasado ilustre y un presente de cruces de Malta, atuendos de las Cruzadas, cacharrería, ancestrales ceremonias, esencias seculares, liturgias, floripondios y farfolla. Cosas que el tiempo apolilla.

O.A.P. se las apañó para colar a la Orden de Malta que su sexto abuelo fue Administrador de la Real Renta del Tabaco de Mula (Murcia). Pero su sexto abuelo era un señor de Barrachina, municipio perteneciente a la Comarca del Jiloca, al noroeste de la provincia de Teruel, que no había salido de allí ni había visto Mula en su vida. Al solicitar el reconocimiento como Caballero de Honor y Devoción, la Orden inició un proceso de probación de nobleza, linaje y cristiandad del árbol genealógico de O. Toma ya, por pretencioso. O. (¿Orestes, Olegario, Olaf, Omedes, Obdulio, Octavio, Onésimo, Onofre, Óscar, Océano, Oletuseggs?) se empezó a poner nervioso y –siempre presuntamente– urdió un plan: destruir las huellas de su plebeyez.

¿Cómo? Sustrayendo del Archivo Histórico Diocesano de Teruel las partidas de bautismo y matrimonio de sus antepasados correspondientes a las parroquias de Barrachina y Villarejo de los Olmos, por el expeditivo trámite de robar los libros y arrancar las hojas delatoras (años 1693-1774). Por ello le acaban de caer dos años de cárcel y el pago de una indemnización de 12.000 euros al obispado de Teruel-Albarracín. Ni Gracia, ni Honor, ni Devoción.

No se llega a comprender bien ése afán que sentimos por disfrazar de alcurnia nuestras humildes existencias, que se da con especial énfasis entre los españoles. Aquí, el que menos es uno de esos hijosdalgo con derecho al Don por nacimiento. Coñe, yo soy hijo de madre soltera, familia más pobre que las ratas, güerfanito del arroyo y juraría que merchero, y no se me ocurre aparentar otra cosa. Es más: estoy orgulloso del ramalazo quinqui que en ocasiones sospecho que me posee.

Cuando ejercía de jefe de protocolo del Gobierno de Aragón, una de las responsabilidades que me fueron atribuidas –acaso por elegante planta y capacidad empática con la gente rara– fue la de atender a las personas que se presentaban sin avisar siquiera, para hablar con el presidente de la comunidad autónoma. Llamaban del control policial de acceso:

– Oye, mira a ver si puedes bajar un momento, que hay aquí un caballero que quiere ver al señor presidente y no aparece en la relación de visitas concertadas de la jornada.

– ¿Cómo se llama?

– ¿El presidente? Don Hipólito.

– No, hombre. El espontáneo.

– Si lo nombro va a haber chufla. Baja, baja, que es mejor que vengas.

Bajé a escape, claro. Y se presentó el caballero: «Soy Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador. Vengo a ofrecer mis servicios al señor presidente. Tenga: mi tarjeta de presentación, para que la pase a Su Excelencia». En la tarjeta de visita lo ponía claramente: El Cid Campeador. Le perjuré que lo llamaríamos al pronto para recibirlo con atambores y chirimías, como mereciera Mío Cid. Y fuese tan contento.

Otro día fue un «Gobernador Civil en paro». Su problema: el hombre ‘era’ gobernador civil de profesión, como su padre. Pero, de forma incomprensible, todas las plazas de gobernadores civiles de España estaban ocupadas y habían olvidado darle la suya. Confiaba en que el presidente de los aragoneses apañaría semejante desafuero. Quedaba la Ínsula Barataria (Alcalá de Ebro, Zaragoza) y, si no había más opciones, pues ya se ofrecía él, que era tan buen gobernador civil como su padre y como Sancho Panza. Anda, convéncele de que ya no existen los gobernadores civiles.

Somos lo que somos. No lo que otros fueron. Y somos muy poco, apenas nada.

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