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Nombres y apellidos

Si nada existe mientras no puede ser nombrado, cosa parecida pasa con las personas
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Si nada existe mientras no puede ser nombrado, cosa parecida pasa con las personas. Darles nombre es darles vida, ser. Lo primero que hacían los nazis con los presos en un campo de concentración era despojarles de su identidad, de su nombre, y tatuarles un número. Era una manera de dejar claro que, para ellos, dejaban casi de ser humanos.

Parece mentira cómo cambia en el lector de un diario la percepción de una noticia si, al mirar el pie de foto, puede leer el nombre del niño que está mirándole a los ojos. O el del hombre que llora abrazado a un ataúd. O el de la madre que se ha quedado sola en el mundo. En el campo de refugiados sirio de Yarmuk, por ejemplo. O en el de Zaatari en Jordania. O donde sea.

Ese cuerpo, esa cara, esos ojos, ya no son una imagen en la página de un periódico. Esa imagen es más alguien, más una persona, como tú. Si además el nombre de pila se acompaña del apellido, ya no digamos. Indica una filiación, una familia, una red, una historia, también como las tuyas. Esa imagen ya es más una vida, no un número a sumar en cualquier balance oficial.

Todo esto lo he repensado al saber de la exposición fotográfica sobre Siria que inaugura David González Sanz el día 24 en el Moll de Costa. Una vez que le publicaron una de sus espléndidas instantáneas obviando los nombres de los niños sirios que había retratado, me explicó cómo montó en cólera. Sentía en su piel la ofensa hecha a aquellos chicos. «Detrás de las cifras, las fotografías de David González buscan los rostros», dice el folleto de la muestra. Los rostros, y los nombres, y las vidas, diría yo. Buena noticia para la ciudad.

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