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Nubarrones que no se han ido

Demasiados siguen adheridos a la máxima lampedusiana de cambiar todo... para que nada cambie
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Camino de cumplirse ocho años desde los primeros síntomas de la honda crisis que ha puesto ya varias veces en jaque a la economía mundial, viejos nubarrones siguen desvirtuando prematuros optimismos que sugieren darla por superada, a menudo con poca base real. En lo próximo, Grecia sigue encarnando lo más inquietante, con serias dudas de que vaya a surgir algo definitivo de las cumbres de este fin de semana, pero ni la economía helena es el único problema que amenaza la eurozona ni el resto de áreas económicas está libre de un complicado porvenir.

Mientras el primer ministro griego, Alexis Tsipras, escenificaba su estrambote post referéndum –ya se verá con qué consecuencias-, una de sus ‘bestias negras’, el Fondo Monetario Internacional (FMI), daba a conocer su último informe de previsiones sobre la economía mundial. Sabido es que sus anticipos no andan precisamente sobrados de credibilidad, dada la frecuencia con que ha vaticinado esplendores que han devenido en catástrofes, pero no significa que sus observaciones y análisis no merezcan consideración. Y también es verdad que sus predicciones, cuando se pueden interpretar favorables, acaban amplificándose de tal manera que eclipsan el resto de apreciaciones sobre la situación. Algo de eso ha ocurrido aquí esta semana, enfatizando la mejoría que prevé este año para España, tanto como pasando por alto otros juicios que pueden acabar complicando las cosas, a no tardar.

La persistente inquietud de los expertos del FMI es el bajo nivel de crecimiento potencial que sigue exhibiendo la mayor parte de economías; desde hace tiempo, las más avanzadas; últimamente, las emergentes y en fase de desarrollo. Algo que el organismo viene achacando a la ausencia de reformas estructurales de calado, o a su tímida implementación en los pocos casos en que se han acometido, con la consecuente debilidad en el empleo y su incidencia negativa, tanto económica como social. El lenguaje más o menos políticamente correcto de sus informes no logra ocultar la sensación de que se ha hecho poco, apenas nada, para revertir los principales detonantes de la crisis que colocó al borde del abismo a la mayor parte de la economía mundial. Una apreciación que compartía el pasado viernes el ministro francés de Economía, Emmanuel Macron, en unas interesantes declaraciones a El País.

Un dato quizá no del todo destacado ha sido el inesperado retroceso de la economía de Estados Unidos en el primer trimestre del año, con efectos contractivos sobre sus dos colindantes vecinos: México y Canadá. Sobre ello hay división de opiniones, dado que unos estiman que se trata de un bache coyuntural y transitorio, aunque otros ven en ello el primer síntoma de agotamiento de la política expansiva marcada por la Reserva Federal (Fed). Parecida, sólo que en sentido contrario, es la reiterada advertencia de los límites que está evidenciando la forma con que la Unión Europea (UE) y la eurozona están manejando las políticas fiscales, más allá del caso griego en particular.

Inquietudes añadidas no faltan. Una, muy destacable, se centra en China, donde la caída del orden del 30 por 100 en sus valores bursátiles, acumulada durante las últimas semanas, se interpreta como síntoma de que el proceso de transición y reforma del modelo de crecimiento pudiera estar encontrando más dificultades e impedimentos de los previstos, con derivaciones difíciles de calcular. La gran economía asiática suma también perfiles de padecer una o varias burbujas... que ya se sabe cómo suelen acabar. Pero pueden no ser las únicas: economías como Brasil o Rusia centran preocupaciones parecidas, con el añadido de la caída generalizada del precio de las materias primas, del que tanto dependen ingresos fiscales y exportaciones de no pocos países, por ejemplo en Oriente Medio y América Latina.

El catálogo continúa, pero no vale la pena correr el riesgo de aburrir o transmitir la sensación de que todo está mal. También hay datos reveladores de que las cosas han evolucionado a mejor, aunque es verdad que no librados de incertidumbre y complicación. Uno esencial sea, probablemente, la mayor estabilidad apreciada últimamente en los mercados financieros, con la contrapartida de que siguen dominados por altas dosis de volatilidad. Quiere decir que cualquier pequeño o gran sobresalto, tanto si tiene base real como si es sobrevalorado, puede volver a desatar tormentas que ya ha tocado padecer varias veces desde 2008.

La conclusión final, libre de lo que pueda considerarse exceso de tecnicismos o adherencias a determinados dogmatismos, es que el impulso de reformar a fondo el modelo, surgido de la evidencia de que estuvo a punto de irse casi todo al traste, se ha perdido por el camino y demasiados siguen pensando que debe primar la cínica máxima lampedusiana: aparentar que cambian lo que haga falta... para que todo siga igual.

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