¡Oh témpora, oh bares!

Juan González Soto

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¡Oh témpora, oh bares!

¡Oh témpora, oh bares!

Desde siempre he tenido por absolutamente cierto que una de las formas más definitivas para conocer una ciudad, grande o pequeña, o un pueblo, pequeño o grande, para saber cómo son y qué pasa en ellos, es entrar en sus bares, hablar con las personas que hay a ambos lados de la barra, quienes la regentan y quienes contigo comparten el lugar que conduce a la puerta de la calle. Mirar cómo se sirve el vino o la cerveza, con qué lenta delicadeza se prepara el café y se dispone sobre la mesa. Detenerse en la manera como la persona que regenta el bar, o en él trabaja, recibe a aquella otra que ahora está abriendo la puerta, ya traspasa el umbral, se acerca a la barra, hace una pregunta, pide alguna bebida o solicita un favor.

En el bar, las prisas van acompañadas de amabilidad, y las urgencias viven un tiempo de templada tardanza. El bar es el lugar ideal para la espera, y no solo para la cita anhelada o que se tiene por importante, sino también, y sobre todo, para el reparador descanso ante el encargo que ha de hacerse y que espera al lado, o delante, en la acera de enfrente, o acaso más allá, o un poco más lejos, tal vez demasiado lejos. Porque un bar está hecho de esperas, de muchas y lentas esperas; y también de esperanzas, de pocas y breves esperanzas.

Un bar es siempre el lugar más cercano y más propicio para la observación. La mirada se complace en pasearse paredes arriba, asciende hasta el techo, se detiene en las escenas que hay dentro de los cuadros o los calendarios, vigila -sin obsesiones, con serenidad- carteles, convocatorias, plafones, luces. La mirada baja después hasta las sillas, cuenta las mesas, desciende hasta el suelo, inventa los dibujos de las baldosas, imagina dónde está el lavabo, cómo debe ser el váter, la pendular extensión de la cadena, el sinuoso ruido de la cisterna.

Adoro la dulce, la elevada llanura de la barra, también su delicado tacto horizontal que imanta codos, palmas de las manos, dedos, sus pequeños traqueteos sonoros de aparente o escondida impaciencia. Agradezco la inagotable amabilidad con que alguien reparte o desliza tazas, vasos, copas, una breve conversación, una sonrisa imprevista. También venero los cálidos pasamanos, su sutil belleza. Admiro y valoro profundamente la generosa y humilde altura de los estribos, el auxilio que ofrecen a cada uno de los pies en sus intervalos de apoyo, los caminos imaginados prescindiendo de los pasos. La barra es un fragmento de vida en buena, muy buena compañía.

Conversaciones, imaginaciones, amistades efímeras o duraderas, invenciones inútiles y de cualquier manera o absolutamente indispensables, amores de paso u otros que se alargan en el calor o en el tedio, proyectos y promesas que se disipan apenas dejes la barra o que nunca se olvidan, conversaciones infinitas...

Juan González Soto: Escritor.

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