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Órdago a la Constitución. ¿Adónde te llevan, España?

En la actual Carta Magna cabemos todos. Ha propiciado el período más largo de paz, libertad, democracia, convivencia y prosperidad de nuestra historia contemporánea

SALVADOR CAAMAÑO MORADO

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SALVADOR CAAMAÑO MORADO

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Mañana, 6 de diciembre celebramos el 42 aniversario de la Constitución Española de 1978, que se redactó para cerrar el largo capítulo de los enfrentamientos fratricidas entre españoles. Y ahora cuando algunos se empeñan en resucitar los viejos odios y el siniestro guerracivilismo (amparándose en la nefasta Ley de Memoria Histórica que se quiere endurecer con la nueva ley de memoria democrática), me gustaría recordar y reivindicar el espíritu inclusivo y conciliador de la Transición, etapa en la que se quiso construir una España sin vencedores ni vencidos que mirara, ante todo, al futuro. Esto cristalizó en la actual Carta Magna donde cabemos todos y que ha propiciado el período más largo de paz, libertad, democracia, convivencia y prosperidad de nuestra historia contemporánea. Y ha posibilitado también que Cataluña y País Vasco, después de una incesante cesión de competencias, tengan uno de los niveles de autonomía más elevados del mundo.

La Constitución fue aprobada por abrumadora mayoría (el 88%) y contó con el consenso y el apoyo de las principales fuerzas políticas de entonces. En Cataluña además, la participación fue superior a la media española y el «sí» obtuvo más del 90% de votos, hecho que demuestra el compromiso de entonces de todos los españoles con los principios y valores que emanan de la actual Constitución, que en su art. 2 dice: «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la nación española, patria común e indivisible de todos los españoles (...)» y en su artículo 3 dice: «El castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla (...)». Los nacionalistas catalanes en aquellos primeros años de la Transición proclamaban sin ambages su respeto a la Constitución y repetían que ellos nunca estarían por la independencia.

Con la Constitución, como decía, se pretendió enterrar definitivamente los odios y rencores de la Guerra Civil. En este sentido, vale la pena releer, por ejemplo, el discurso pronunciado el 14/10/1977 en las Cortes Generales por Marcelino Camacho (un sindicalista y comunista honrado que había pasado diez años en la cárcel), que es un gran alegato a la concordia y la reconciliación nacional.

En aquellos primeros años de la Transición, los nacionalistas catalanes proclamaban sin ambages su respeto a la Constitución y repetían que ellos nunca estarían por la independencia

Pues bien, desde hace unos años todo ese espíritu conciliador ha sido traicionado por la izquierda y los nacionalistas y lo han hecho saltar por los aires. Y así, nos encontramos por un lado ante un permanente órdago de los secesionistas catalanes contra el orden democrático constitucional. Los nacionalistas catalanes y vascos, siempre insaciables, han mostrado casi desde el principio una enorme deslealtad. De forma progresiva y alevosa (a los suyos les decían «Avui paciència, demà independència»), en un sofisticado proceso de ingeniería social han ido imponiendo de forma implacable su ideología antiespañolas, hecho que nos ha conducido hasta la funesta situación actual. Ya Josep Tarradellas en 1981 advertía que en la Cataluña de Jordi Pujol se estaba instaurando «una dictadura blanca muy peligrosa». Pero todo ello ha sido posible en gran medida por la vergonzosa claudicación de los sucesivos gobiernos de España, que por estrechos intereses partidistas han consentido que un nacionalismo voraz fuera imponiendo sus políticas de forma permanente. Cataluña así, después de 40 años de gobiernos nacionalistas se ha convertido en una sociedad dominada por el fanatismo, la intolerancia, la manipulación, el adoctrinamiento, el complejo de superioridad y el racismo. Una sociedad donde se vulneran los derechos y libertades de los no nacionalistas ( al menos la mitad de la población), donde se incumple la Ley y se fomenta el discurso del odio contra España. Todo ello aderezado con el enfrentamiento social, la violencia, las barricadas y un gobierno compuesto por personajes cada vez más fanáticos e ineptos que están llevando a Cataluña a una profunda decadencia y a la ruina. Pobre Cataluña, quién te ha visto y quién te ve...

Y por otro lado, ahora nos encontramos con un gobierno compuesto por esa especie de comunismo bolivariano, encarnado por Pablo Iglesias (que ha acreditado ser un farsante y un demagogo) y Pedro Sánchez (que miente sistemáticamente y ha demostrado tener escasa moralidad) que reniegan cada vez más abiertamente de la Constitución del 78 y del espíritu conciliador de la Transición y apuestan por la ruptura y la vuelta al frentepopulismo; mostrando una gran complicidad con los secesionistas, ante los que se arrodillan constantemente y a los que no paran de conceder todo lo que piden (lo más reciente: extirpar legalmente, con el rodillo educativo de la Ley Celaá, el castellano como lengua vehicular y la libertad de educación; a petición de ERC y ante la creciente ruina de Cataluña, ahora quieren castigar a los madrileños imponiendoles unos impuestos confiscatorios, cuando Madrid es con gran diferencia es la comunidad que más aporta a la caja común y a la solidaridad, casi el triple que Cataluña; a petición del PNV van a desmantelar el cuartel de Loyola, con lo que se puede liquidar la estratégica presencia del Ejército en Guipúzcoa; el acercamiento de los presos de ETA, o un más que probable indulto a los presos golpistas del procés). Cuando además, los nacionalistas no paran ahora de repetir, con chulería, que «ho tornaran a fer» y que su principal objetivo es romper España e instaurar, más pronto que tarde, la república catalana y la república vasca (Otegui, dixit).

El gobierno de Sánchez está además, aprovechando de forma infame, todo lo derivado por la pandemia de la Covid-19, para decretar en realidad medidas políticas que cercenan claramente la libertad y vulneran la Constitución, lo que hace que estén conduciendo a nuestro país por una senda cada vez más totalitaria. Parecen seguir los mismos pasos que siguió la Venezuela de Hugo Chávez, con lo cual, nos empezamos a debatir ostentosamente entre la dictadura y la democracia. El PSOE de Sánchez que ha mutando de forma alarmante y nada tiene que ver con el de Felipe González y el la Transición; conforma ahora un nuevo bloque de poder, compuesto por izquierdistas y separatistas, que parecen decididos a avanzar conjuntamente por la senda de la demolición del actual orden democrático constitucional y lo que es peor, de la nación. Lo que está colocando a España en una de las situaciones más frágiles y graves de su Historia.

Ante este gravísimo envite hoy como hace 42 años, todas fuerzas políticas y las entidades constitucionalistas de este país (incluyendo a los socialistas decentes que se oponen a esta deriva) , deberían movilizarse y mostrar a todos, otra vez y sin fisuras, su unidad y su firme compromiso con: la defensa de la unidad nacional, de la democracia, la libertad, la Constitución, la concordia y el bienestar de todos los españoles. España es una gran nación y entre todos tenemos la obligación de defenderla.

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