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Otra lectura de la corrupción

Con el señuelo de salvar a la democracia, algunos intentan tomar el poder
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En una tertulia de Ana Rosa (Tele5) Esperanza Aguirre, al socaire de la factura que pueden pasarle a su partido en las urnas los Gürtel, Púnicas y demás asuntos sucios, sin contar con lo de los tres tesoreros del PP imputados, apuntó: «En Illinois (EE UU) de los últimos cinco gobernadores del estado cuatro están en la cárcel». El mensaje estaba claro y no le falta cierta razón en el fondo. En todos los países, incluso los de mayor pedigrí democrático, hay políticos corruptos y corruptores apolíticos que no discriminan entre unas siglas y otras. España no es una isla de corrupción en medio de un océano de pureza democrática. La corrupción de representantes políticos, funcionarios públicos y empresarios que tienen que pasar por taquilla, es transversal, plural y global. De modo que la democracia y los partidos políticos deben ir perfeccionando los mecanismos de control y represión de estas conductas o el virus acabará por instalarse y no dejar avanzar y mejorar el sistema. Hasta aquí todos de acuerdo. Pero se está haciendo hueco un discurso que identifica el hecho de la corrupción con el sistema mismo. Y probablemente esto es más alarmante que unos cuantos casos de políticos corruptos. Es decir, está en marcha el pisuerguismo que aprovechando el viaje quiere poner en cuestión el proyecto de 1978 que pivota en la reconciliación y el pacto constitucional.

Un primer ensayo ya se pudo atisbar coincidiendo con los traspiés de don Juan Carlos y de manera particular al calor del caso Urdangarin. Republicanos nostálgicos, sinceros antimonárquicos y veletas de la política, entraron al juego de los interesados en el desorden institucional que sueñan con demoler la monarquía parlamentaria esencial en el juego de equilibrios que han garantizado la paz social y el progreso durante tres décadas. Ahora empezamos a escuchar un relato, que se vende bien en tiempos de crisis, y que identifica libre mercado, capitalismo, bipartidismo, con la corrupción misma. No es que haya determinados delincuentes que se aprovechen del sistema para medrar y enriquecerse. Lo que se sugiere cada vez con más insistencia es que el sistema es el problema. Y, que casualidad, frente a la democracia representativa se va perfilando una oferta que sugiere ni más ni menos que una ‘democracia popular’. ¿A qué nos recuerda el concepto? A mi se me ponen los pelos de punta.

Con el señuelo de salvar a la democracia, abrir las ventanas, impulsar la participación «del pueblo» algunos intentar tomar el poder y las instituciones en nombre de «la gente». Y no solo eso sino imponer una especie de nueva moral cuyo principio inspirador sería el igualitarismo. Frente a un sistema que premia el esfuerzo y defiende al individuo otro que iguala a todos por abajo y que defiende al grupo frente al individuo. O, lo que es lo mismo, retroceder décadas en la construcción de una sociedad libre de ciudadanos libres.

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