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Palmira, personas y monumentos

En la apresurada huida de Palmira, el último camión debió llevar personas, y no las estatuas del museo
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El día 20 de mayo los militantes del Estado Islámico entraron en la histórica ciudad de Palmira, la urbe del desierto sirio cuyos monumentos artísticos han justificado su designación por la Unesco como ‘Patrimonio de la Humanidad’.

Palmira (antigua Tadmor) conoció su periodo de auge durante los tres primeros siglos de nuestra era, como parte integrante del Imperio Romano. Era un oasis sito en la confluencia de las rutas de caravanas que conectaban el Oriente (Persia, India, China) con el Mediterráneo. Lo que empezó siendo un campamento de mercaderes devino en una magnífica ciudad, de la que perduran, entre otros monumentos, una larga vía ceñida por altas columnas, templos dedicados a sus dioses locales, edificios públicos y torres funerarias, amén de numerosas estatuas.

Todo ello ha sido puesto en peligro con la llegada de los citados islamistas, ya que éstos recientemente (así en Hatra y Nimrud) han destruido valiosísimas estatuas y restos arqueológicos: para ellos no son arte o historia sino tan solo ídolos de falsos dioses, procedentes del impío período preislámico. Por eso, las cabeceras de los grandes periódicos mundiales han recogido la noticia de la caída de Palmira de modo extenso y dando la voz de alarma por las antiguedades.

Lo que ha llevado a preguntarse, incluyendo a los residentes de la propia Palmira (New York Times 20 mayo 2015), si no estaremos mostrando más preocupación por las ruinas que por las personas.

La respuesta fácil, u obvia, es decir: ‘No, no y por tercera vez no, las personas siempre son nuestra prioridad’. Pero no es eso lo que vemos reflejarse en las noticias. Una semana antes el Estado Islámico había tomado, con gran derramamiento de sangre, la importante ciudad iraquí de Ramadi, pero la repercusión mediática fue más tenue. En el periodismo la noticia es siempre lo novedoso, y la muerte de inocentes en la guerra es habitual, mientras que la destrucción gratuita de lo bello es infrecuente. La obra de arte sería única, los seres humanos, innumerables, fungibles, reemplazables.

Es más, al parecer el gobierno sirio habría dedicado sus postreros esfuerzos al traslado de las piezas arqueológicas transportables a un sitio seguro, abandonando los civiles a su suerte: el New York Times del día 21 recogía noticias procedentes de la propia Palmira señalando que varias docenas de personas ya habían sido públicamente ejecutadas, eso sí, acompañado por el habitual reparto de pan: la dosis de terror estalinista se atempera con limosnas. Luego su propio gobierno antepone la salvación del arte a la de sus ciudadanos en riesgo. ¿Por qué se da prioridad a las cosas sobre las personas? Veámoslo.

Parafraseando a David Hume, no es contrario a la razón que me conmueva más perder la falange de mi deño meñique que una sangrienta guerra civil en Oriente medio o un terremoto en Nepal. Puede ser, en cuyo caso la razón no nos conminará a socorrer los desconocidos. Pero si esto es así, concluiremos que la razón es de escasa ayuda. Para orientarnos hacia el camino que nuestra intuición nos muestra correcto necesitaremos algo más.

Acudamos a la biología. La psicología evolutiva entiende que los rasgos que hoy tenemos los humanos son aquellos que evolutivamente nos han sido útiles para sobrevivir. Empezamos como cazadores – recolectores, y durante decenas de miles de años el proceso evolutivo ha ido seleccionando aquellos caracteres que favorecían nuestra supervivencia y descartado los que la comprometían.

Pues bien, y esta es la buena noticia, la evolución nos ha hechos seres sociables, propensos, bajo el principio de reciprocidad, a cooperar con el otro: la sociabilidad, por tanto, está evolutivamente seleccionada. Pero ahora viene la parte negativa: la confianza que depositamos en los miembros de nuestro grupo tiene como contrapartida la sospecha y desconfianza hacia los extraños (Nicholas Wade, ‘A Troublesome Inheritance’, p. 50). Biológicamente, la confianza hacia el otro tendría un círculo de actuación muy limitado (entiendo que este amor a la tribu propia y el rechazo a la del otro sustenta el impulso nacionalista). Desde esta perspectiva, las personas sometidas a las guerras civiles de Irak o Siria nos resultarían lejanos, ajenos: la narración de sus desgracias en el telediario apenas afectaría nuestro pulso (mis problemas me ocultan los suyos).

Por ello, tanto la mera razón como nuestra biología son insuficientes para nuestro propósito (aunque luego las integraremos en la presentación final). Hemos de buscar otra fuente de legitimidad para definir nuestras aspiraciones éticas. Así, indica el filósofo inglés Julian Baggini, el fundamento de nuestra moral radicaría en nuestra habilidad natural para ponernos en el lugar del otro, en la capacidad de sentir las penas y alegrías ajenas, incluyendo las de los desconocidos. Es un reconocimiento emocional pero que se apoya en nuestro altruismo (aquí rescato la explicación biológica, ya que es la evolución la que nos ha hecho altruistas, siquiera selectivamente) y tal sentimiento lo refrendamos con la razón (que recupero como medio de enjuiciar favorablemente tales emociones).

Por tanto, la palabra clave es empatía: alegrarnos con la felicidad y sufrir con el dolor de aquél que no hemos visto y que nunca veremos. No ignoramos que es inversamente proporcional a la distancia: a mayor distancia, menor empatía. Pero, sabedores de ello, nuestra tarea, nuestro deber moral, es fomentarla. Invocando la ética de la empatía concluiremos que, en la apresurada huida de Palmira, el último camión debió llevar personas, y no las bellas estatuas del museo.

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