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Panameando

Algunos privilegiados se creen al margen de las obligaciones que pesan sobre los demás

Lorenzo Silva

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Por si a alguno le quedaba duda, ahora ya sabemos lo que hacen algunos mientras el resto de los españoles, los de a pie, soportan estoicamente que se les vaya en impuestos directos e indirectos, dependiendo de su renta, una suma que puede llegar a superar la mitad de dicha renta: recurrir a Panamá, esto es, buscarse para su dinero un territorio seguro, benigno y razonablemente opaco, que para mayor conveniencia no está incluido en la lista oficial de paraísos fiscales, aunque según la mayoría de los expertos hace méritos más que suficientes para estar ahí. El quid del asunto es que coincide que les estamos haciendo un nuevo canal, que por cierto lleva ya unos sobrecostes significativos respecto del precio de licitación, lo que aconseja no ser demasiado puntilloso con sus peculiaridades tributarias.

Sea como fuere, lo de siempre: mientras unos ponen las magras espaldas para que se deposite sobre ellas el duro peso del gasto público, otros, y no precisamente quienes menos capacidad tienen de soportarlo, escurren el bulto y con la ayuda de ingeniosos asesores (a los que luego les cargarán seguramente toda la malicia, como si nunca hubieran ido a pedirles que les bajaran la factura del fisco como fuera) se procuran una manera de eximirse de tan onerosa exacción. Aunque todos los que han aparecido en la lista conserven su presunción de inocencia, que la conservan, faltaría más, sus perfiles, y no vamos a mencionar a nadie en particular, remiten a esa clase de privilegiados que por diversos caminos y al amparo de diversas razones se creen al margen de las obligaciones que pesan sobre los demás. Uno sospecha que ninguno de ellos deja de proveerse de una coartada moral que justifica que ellos ahorren lo que otros palman.

Más que sobre mojado, llueve ya sobre una verdadera inundación. Y la cosa tiene más inri cuando uno es, por ejemplo, uno de esos pequeños contribuyentes a los que la Agencia Tributaria flagela a diario revisándoles y rectificándoles mínimas desgravaciones, cuando no imponiéndoles multas de cientos de euros por despistes formales, aspectos ambos que su sistema de información y vigilancia caza al vuelo y sin piedad, mientras deja expeditos los agujeros oceánicos por los que se cuelan estas fortunas que escapan tan donosamente a su control, y que es por otros medios como acaban viéndose expuestas a la luz.

Tenemos un caro Estado del bienestar, por más que se haya reducido su alcance en los últimos años; un logro del que hemos de enorgullecernos y por el que debemos estar dispuestos a dar, aquellos que aún podemos hacerlo, nuestra aportación en forma de impuestos. Pero basta ya de transmitirle al poderoso, al astuto y al opulento, el nefasto mensaje de que con él no van las obligaciones que pesan sobre quien no puede defenderse.

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