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Para lo que hay que ver...

Viajar compulsivamente nos aporta menos placer y conocimiento que cualquier libro 

Enrique Arias Vega

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Unos conocidos comunes con el fallecido escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, me recuerdan que pasó los últimos doce años de su vida en la cama porque sí, recibiendo a las visitas en pijama y con un vaso de whisky en la mano. «Total, para lo que hay que ver por ahí…», solía decir.

Es una actitud ante la vida, podría decirse: la misma que ejemplificó años antes Juan Estelrich en un filme protagonizado por Fernán Gómez, El anacoreta, sobre un tipo que decide hacer toda su vida social sin salir del cuarto de baño de su casa. Ya ven que hay gente para todo. Otra, en cambio, en cuanto puede ya está en la calle. De hecho, el último año 1.235 millones de personas han hecho turismo a un lugar u otro. Una barbaridad, si tenemos en cuenta que se trata del 20% de la población mundial y que hace cien años apenas si viajaban cuatro exquisitos anglosajones sobrados de dinero y de aburrimiento.

O sea, que podríamos decir que hoy en día el mundo se divide en dos tipos de personas, los nómadas y los sedentes, llevando camino de acabar ganando los primeros a poco que nos descuidemos. De hecho, en cualquier mes de agosto, desde Edimburgo hasta Taormina, pasando por Benidorm, apenas si se puede apreciar el paisaje, oculto por miríadas de ansiosos turistas.

Llega un momento en que, entre el turismo de playa y borrachera y ese otro más fino de acumular visitas guiadas a monumentos que apenas si recordaremos, el viajar continua y compulsivamente nos aporta menos información, menos placer y menos conocimiento que cualquier libro. Y en eso sí que le doy la razón a Onetti: «Para lo que hay que ver por ahí…» 

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