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Paredes de cristal...

Tenemos el problema de cómo se controla todo esto y de quién controla a los controladores
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Transparentes. Ya está. El cambio político ha comenzado y la sociedad, bueno la mitad de la sociedad, ha emitido su voto. Todos han ganado, menos un par. La hipocresía sigue, por lo que el cambio también debe seguir. Yo hago dos preguntas a los presidentes de los partidos:

¿Van a conservar, con rigor, las promesas que han hecho en la campaña electoral?

¿Van a hacer pactos que contradigan lo que han prometido en la campaña electoral?

No creo que me contesten, ni en esta columna ni en ninguna otra. Quizás dos o tres, sí. Pero me gustaría –y a muchos lectores del Diari– que lo publicaran donde sea, para dar fe de que no estamos en una repetición de las antiguas maneras de hacer política.

La gente lo ha tenido claro, incluso los que no han ido a votar, porque un 20% de ellos quizás ha sido en castigo o decepcionados por lo que han probado en los últimos años. Así que, ojo, para que se regenere la política, para que la corrupción no sea algo común, para que los corruptores y los corrompidos lo paguen –devolviendo, eso sí, el dinero público defraudado– cambiando los preceptos que haya que cambiar, los ayuntamientos y las diputaciones han de tener las paredes de cristal transparente.

Y que el ciudadano pueda examinar, con un mínimo interés en el asunto o por cuestión informativa general, cualquier expediente. Para ser informado, cuando lo solicite, en un término no superior a quince días. Para no topar, como ocurre con tanta frecuencia, con el repetido ‘esto no es público’ o cobrar por una información que se debe al ciudadano unas cantidades inadecuadas. O responderle ‘ad calendas graecas’o silencio administrativo. Para que cuando se pregunte a un cargo público no dé la respuesta típica antes de ‘irse por lo cerros de la Mussara’: ser alcalde, ser concejal, ser diputado es estar al servicio de todos, de los que han votado y de los que no.

Que se acabe de una vez el que estos políticos se sirvan del cargo para su interés, o de sus amiguetes o familiares, de forma ilícita. Para eso ha sido – entre otras cosas– el cambio que comienza.

Tenemos el problema de cómo se controla todo esto y de quién controla a los controladores. Porque hemos visto asuntos poco ejemplares en los que quienes tenían que vigilar, contrastar, comprobar, se han pasado los dictámenes por sus arcos de triunfo correspondientes.

A ver si funciona ese diálogo del que tanto se habla, incluso con contrarios ideológicamente. Dialogar no es imponer, sino contrastar. Y sacar conclusiones positivas, porque ni la mayoría tiene la verdad absoluta ni las minorías son despreciables en todo lo que proponen. No es dar jaque al adversario, sino quizás aceptar algún gambito.

Piénsenlo bien, ahora que es la hora de los pactos.

La ciudadanía les examinará antes de fin de año, quizás en septiembre, y en los temas que entonces se propongan también saldrán los cumplimientos o mentiras de estos meses.

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