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París se nos está asando

El Norte se nos ha perdido de vista. El cambio climático ha decidido acabar con las certidumbres y poner patas arriba todas las imágenes y tópicos que conocemos

Natalia Rodríguez

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En invierno soplan por París los vientos gélidos del alma puritana que bajan directos de ese norte europeo que se ha transformado en un congelador de esperanzas.

Silencian el bullicio meridional de la más sureña de las capitales norteñas. París, en medio de todo, de todos, capital perfecta.  En invierno los parisinos se congelan en una mueca muy cartesiana y distante, moralmente superiores al resto de la humanidad.

Pero en cuanto llegaban los vientos del verano, todos bajaban a las orillas del río Sena a pasar las tardes. Frente al río, París estallaba. Germinaba como una flor bestial y cachonda, y en cada pétalo un pedazo de seducción, una melena que bate la brisa, un vaivén en unas caderas caribeñas o esa postura melancólica de quien decide fumar a pesar de todo. 

El verano es anómalo en el Norte, pero esa anomalía era lo que propiciaba la explosión, la alegría de la luz y del color. Hasta que el cambio climático ha decidido acabar con las certidumbres y poner patas arriba todas las imágenes y tópicos que conocemos.

Hoy París es un infierno. Por el calor. Por la persistencia del calor. Por la falta de humedad. Por las avispas que campan a sus anchas en las boulangeries, haciendo de la compra de una baguette una expedición en el Amazonas siglo XV. París se nos está asando. 

Un domingo de 2018, el calor y las familias se instalan a la orilla del río con sus sillas, estéreos y bocadillos. Los filipinos se concentran en los jardines de Trocadero. Los deportistas sufren bajo el calor mientras, corren, patinan, pedalean, saltan, ruedan… Las quinceañeras echan rima en sus smartphones. Los más decididos toman el sol en una isla artificial en la que anidan unos patos urbanos. Familias pasean, arriba y abajo en un rio de personas de doble corriente.

Los fieles hacen cola para visitar a Notre Dame de París que es la reina del Sena. Los no tan fieles, también, aunque quizás busquen a Esmeralda, o quizás no. No sabemos quién recuerda ya a Víctor Hugo.

En las orillas del Sena, todos somos extraños y extranjeros, pero nos gusta compartir el aislamiento. Pasan los batomouches rellenos a rebosar de turistas, pasan algunas peniches llenas de cemento, el Sena que se desborda cuando le apetece, contempla pausado la canícula que no cesa. 

Se oyen músicas de todo el mundo, a los chinos les da por vestirse de novios en su orilla, a los japoneses por sonreír a la corriente y a los españoles por ir en grupos compactos parloteando ajenos a las aguas. 

Como Río de Janeiro

Una anciana digna, ha decidido plantar cara a lo inevitable llevando gabardina, medias y un paraguas en pleno sol de mediodía bajo una temperatura de más de treinta grados y una sensación térmica superior. Será que no quiere aceptar que su París parece más Río de Janeiro. 
Se nos ha perdido el Norte de vista, y no sabemos como conjurar un clima que nos es extraño. Ni ya tan siquiera París puede crear un nuevo tiempo.

Nacida en Tarragona, Natàlia Rodríguez empezó a ejercer en el Diari. Trabajó en la Comisión Europea y colabora en diversos medios. Vive entre París y Barcelona

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