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Otro duelo Clinton-Bush en 2016 evitaría convertir los comicios en un choque de trenes
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Hillary Clinton es la candidata preferida por los demócratas y ninguno de los otros posibles contendientes en las primarias de su partido tiene por ahora apoyos apreciables.

Sin formalizar aún su entrada en liza, no pocos obamitas desencantados y donantes poderosos se le han acercado reconociéndole experiencia y capacidad ejecutiva, cualidades ausentes en el actual presidente. Los partidarios de Hillary son además conscientes de la importancia histórica de conseguir que una mujer llegue por primera vez a la Casa Blanca. Sin embargo, la exsecretaria de Estado se ha puesto a la defensiva, ante las acusaciones de haber utilizado su correo electrónico privado durante su tiempo en el Gobierno, sin seguir las normas oficiales. A estas acusaciones que, aunque suenan triviales no lo son, pueden sumarse pronto otras relacionadas con las decisiones tomadas bajo su mandato para prevenir ataques en Bengasi (Libia) en 2012.

Los republicanos quieren destruir al peso pesado de los demócratas antes de que empiece la batalla electoral. Por ahora, Hillary Clinton tiene muchas bazas para resistir los embates. Al mismo tiempo, bajo presión ella es su peor enemiga, por su imagen de dureza y su afán por corregirse a sí misma incluso una vez que ya han ocurrido las cosas

En el otro partido, Jeb Bush, hermano e hijo de presidente, aparece ya segundo en las encuestas, justo detrás de Scott Walker, gobernador de Wisconsin, un político táctico sin mucho bagaje intelectual (afirma que sus victorias sobre los sindicatos del sector público le capacitan para derrotar a los terroristas islamistas...). Bush tercero quiere recuperar el alma republicana y abrir el partido a inmigrantes, minorías y jóvenes, lejos de los planteamientos de los más radicales que han boicoteado la agenda legislativa de Obama estos años.

Un nuevo duelo Clinton contra Bush en los comicios de 2016 evitaría por lo menos convertirlos en un verdadero choque de trenes. Desde la presidencia del último Bush, la política norteamericana ha sufrido una polarización ideológica preocupante, hasta el punto de que las bases de cada partido tienden a nominar candidatos muy a la derecha o a la izquierda de lo que la mayoría de la sociedad quiere. Con el doble mandato de Obama las tensiones entre el ejecutivo y el legislativo, este último dominado por los republicanos, han acabado convirtiendo la política de Washington en un proceso disfuncional. La paradoja es que en las presidenciales es mucho más fácil ser elegido desde el centro que presentando a candidatos radicales. Sin embargo, los activistas de ambos partidos no aprenden esta lección.

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