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Sólo hay dos clases de problemas: los económicos y los que se resuelven con dinero

Manuel Alcántara

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El libro europeo, sin dejar de ser apasionante, es aburridísmo. Su argumento consiste en un dejar, sin correspondencia a la carta a Bruselas y en desmontar las promesas afónicas de Rajoy. Estaban montadas en el aire y corren malos vientos. Toda la llamada oposición rechaza el compromiso asumido con Juncker y el pelmazo de Sánchez, que reside en las antípodas de la perspicacia, acusa al acuciado presidente en funciones de «mentir sin pudor», como si la ocultación de la verdad no hubiese estado de moda siempre. La verdad, siempre enmascarada con otras dudas, es que son necesarios más ajustes para evitar el déficit.

Dicho más claro: nos ocurren dos cosas igualmente trágicas. Estamos entrampados y tenemos que pagar nuestras trampas. ¿Cuál de ambas cosas es peor? Desdichadamente, el dinero no es cierto que le importe a los que piensan pagar sus deudas, sino a los herederos de males hereditarios. Muy mal se lo estamos poniendo a los que vienen detrás, pero sería de pésimo gusto que nos cagáramos en nuestros muertos y hay que pasar páginas, después de usarla como papel higiénico.

Sólo hay dos clases de problemas: los económicos y los que se resuelven con dinero o se aplazan para más tarde, cuando se tenga pasta o cuando se la haya quitado a quienes la tienen. Esa parte de nuestro eventual cerebro que es inevitablemente marxista, compatible con nuestro repudio al marxismo, que distribuye los bienes antes de crearlos. Ahí viene el lío. Engels no contó con Bruselas y nadie que tenga la cabeza en su sitio puede contar con Sánchez. Lo que sigue siendo necesario es contar con nosotros o sea, con los que no estamos dispuestos a no desanimarnos nunca, quizá porque jamás hayamos estado animados. Las promesas económicas también se diferencian de las amorosas en que suelen durar menos. Como mucho una legislatura y la siguiente. La credulidad es hereditaria. Siempre creemos que el futuro es perfectible, pero no contamos con el ni con sus proyectos, que no tienen mucho que ver con los nuestros. Quienes tenemos un gran porvenir a nuestras espaldas ya lo sabemos. Los demás lo tendrán que aprender. La historia es una maestra sin discípulos. Faltan a clase para no aburrirse.

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