Opinion La Tribuna

Patinazos

"El gran Peter Ustinov afirmaba que «todo el mundo comete errores. La clave está en cometerlos cuando nadie nos ve». Y hoy siempre hay alguien que nos ve. Y también hay alguien dispuesto a contarlo"

Dánel Arzamendi Balerdi

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Dánel Arzamendi Balerdi.

Dánel Arzamendi Balerdi.

Nada más llegar a la universidad, un compañero de colegio mayor me regaló un sabio consejo, fruto de varios años de experiencia en la facultad: «Si quieres que algo no se sepa en el campus, ni siquiera lo pienses». Aquella prevención frente a la velocidad a la que se dispersaban las noticias tenía cierto sentido en un entorno más o menos limitado como aquel. Sin embargo, la dificultad para mantener un hecho en la sombra se ha multiplicado desde entonces, no sólo en círculos espacial y humanamente cerrados, sino también a la escala global implantada por las redes sociales.

Este fenómeno aumenta exponencialmente las probabilidades de que cualquier equivocación, por puntual que sea, acabe explotándonos en la cara en el momento menos pensado, con efectos que a veces pueden resultar irreparables. El gran Peter Ustinov afirmaba que «todo el mundo comete errores. La clave está en cometerlos cuando nadie nos ve». Y hoy siempre hay alguien que nos ve. Y también hay alguien dispuesto a contarlo.

Esta semana hemos vivido dos sucesos muy ilustrativos de este fenómeno a nivel local. El primero de ellos constituye un caso paradigmático de los nuevos tiempos, pues fueron las propias implicadas quienes se encargaron de dar difusión universal a su patinazo. Efectivamente, me refiero al polémico vídeo grabado hace unos días por unas enfermeras del hospital Joan XXIII de Tarragona, perfectamente identificables, que ha levantado ampollas dentro y fuera del centro sanitario. En esta publicación de TikTok, una de las jóvenes aparecía tumbada en una cama del hospital, con una mascarilla que cubría su rostro, mientras las otras la tapaban con una sábana, simulando su fallecimiento. Después iniciaban el traslado del presunto cadáver, y entonces todas se ponían a bailar la música de los porteadores fúnebres de Ghana que abarrotaron las redes sociales hace unos meses.

No sé qué opinarán ustedes sobre este episodio, pero a mí me pareció una simple metedura de pata juvenil. Tremendamente torpe e inoportuna, incluso grosera e insensible, pero una metedura de pata juvenil, al fin y al cabo. Sin embargo, las imágenes ya habían pasado por las pantallas de miles de ordenadores y smartphones, y la dirección de Joan XXIII no podía mirar hacia otro lado. Esta semana se ha abierto una investigación interna, cuyas consecuencias están todavía por ver. Y es una lástima, porque conozco a una persona que trabaja con ellas, y afirma que son unas magníficas profesionales.

Supongo que las cuatro enfermeras llevarán desde entonces preguntándose amargamente cómo se les ocurrió grabar semejante tontería, precisamente en estos momentos. Porque, como decía Oscar Wilde, «el ser humano puede soportar las desgracias que son accidentales y llegan desde fuera, pero sufrir por culpas propias es la peor pesadilla en esta vida».

Pero no ha sido éste el único patinazo que ha ocupado las páginas de nuestros periódicos durante estos días. El segundo, mucho más grave, lo protagonizó Xavi Puig, portavoz republicano en el ayuntamiento de nuestra capital. Por lo visto, el concejal y teniente de alcalde casó recientemente a su mejor amigo en la Plaça de la Font, y después fue invitado a participar en una sencilla celebración privada en El Catllar. El problema es que en esta reunión había casi una veintena de personas, una cifra muy superior a los límites establecidos por el Departament de Salut. Y en vez de dar media vuelta y animar a los asistentes a cumplir la normativa, el dirigente de ERC se sumó a aquel evento ilegal. Incluso una patrulla de los Mossos de Esquadra terminó acudiendo al lugar, tras la denuncia de un vecino.

En cuando este lamentable suceso comenzó a alcanzar notoriedad pública, el propio afectado pidió rápidamente disculpas en Facebook (siempre acabamos en las redes sociales), poniendo su cargo a disposición del alcalde. Y Pau Ricomà, creo que con buen criterio, decidió mantenerlo como concejal (no parece proporcionado acabar con la carrera política de una persona, que está realizando una gran labor, por culpa de un error grave pero aislado), aunque lo cesó como portavoz en el ayuntamiento (una medida lógica, pues la oposición le estaría recordando este desliz durante toda la legislatura en cuanto abriese la boca). Ya lo decía Nietzsche: «Olvida uno su falta después de haberla confesado a otro, pero normalmente el otro no la olvida».

Ambos incidentes me sugieren tres reflexiones. Por un lado, provoca cierto vértigo comprobar la facilidad y rapidez con que un patinazo esporádico puede hundirnos en la miseria en los tiempos que corren. En segundo lugar, me gustaría aportar un comentario mucho más íntimo. A medida que cumplo años (todavía no tengo muchos, aunque ya son unos cuantos), cada vez siento más comprensión hacia las equivocaciones que cometemos todos, absolutamente todos, de forma puntual y no malintencionada: unas veces por un error de criterio, otras por un agilipollamiento temporal transitorio, otras por vernos atrapados en una situación que nos sobrepasa, otras por actuar con cierto atolondramiento… Y además insistimos, porque el ser humano tiene una extraña afición por repetir equivocaciones que ya le acarrearon graves disgustos en el pasado. Como decía un meme que recibí la semana pasada, «vendo piedra de tropezar: sólo la he usado dos veces».

La tercera reflexión es que los patinazos se pagan. Con proporcionalidad, pero se pagan. Y así debe ser, porque lo contrario sería pedagógicamente letal, tanto para uno mismo como para los demás. Un amigo me dijo ayer que acababa de invitar a un concejal de Tarragona a tomar unas cervezas en su casa, respetando los límites legales. Y el edil le dijo que la semana pasada habría aceptado sin dudarlo, pero que ahora ni hablar. Por si acaso. Parece que algunos han escarmentado en cabeza ajena.

Dánel Arzamendi Balerdi. Colaborador de Opinió del ‘Diari’ desde hace más de una década, ha publicado numerosos artículos en diversos medios, colabora como tertuliano en Onda Cero Tarragona, y es autor de la novela ‘A la luz de la noche’.

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