Más de Opinión

Peligro: ‘foodies’ sueltos

Las herramientas digitales, junto al protagonismo que han adquirido la cocina, la gastronomía, el oficio de chef, nos están llevando a ejercer de ‘foodies’, de inspectores de la Guía Michelín, de quinta columnistas de TripAdvisor, de albertochicotes sueltos por el universo de la restauración

ÁNGEL PÉREZ GIMÉNEZ

Whatsapp
ÁNGEL PÉREZ GIMÉNEZ

ÁNGEL PÉREZ GIMÉNEZ

¡Hola vecinos! Hasta aquí -la Ciudad de los Pumas, Mañolandia- llegan los ecos del viral nacido en el restaurante TT Taperia de Sant Carles de La Ràpita (avenida Pare Castro), Tarragona. Os supongo informados al respecto pero, por si queda alguien que no se ha enterado debido a la feliz inopia que proviene de vivir al margen de las redes sociales, los medios de comunicación y el chisme en general, lo resumo. Un cliente del TT Taperia, José Joaquín Llaque Castillo, acudió a comer a finales de julio al establecimiento con la familia y, después, publicó esta rotunda y acerba crítica: ‘El niño al ver su hamburguesa se echó a llorar. Solo digo eso…’

¡Jósplas! te quedas pensando: ¿qué le han hecho al niño en el TT Taperia? ¿Añadirle brócoli a la hamburguesa? ¿Susurrarle mientras le sirven el plato: ‘Si no te estás quieto te hacemos picadillo como a la vaca de la que ha salido esta chicha, chaval’? ¿Pintarle cara de Freddy Krueger a la hamburguesa mediante aros de cebolla y cachos de patata frita, kétchup a modo de sangre y mostaza haciendo de masa encefálica salpicada por todo? No, no. Nada de eso. Aunque se dan casos de pequeños monstruitos que la lían parda en los restaurantes, no merecen tan terribles venganzas por parte del sector hostelero. En cambio, hay padres y madres que sí las merecen, por el santo cuajo que muestran ante la pesadilla en Elm Street que en ocasiones son sus criaturas. Más espantosas venganzas a los pápas, si se pudiera. Que, tristemente, no se puede.

Lees la referencia de J.J. Llaque y no te acercas por la avenida Pare Castro de Sant Carles de la Ràpita, ni a echar un vistazo al menú del día del TT Taperia. No vaya ser que hagan picadillo, adobo, tempura, salmuera, ceviche, puré, sofrito, escabechado o ‘steak tartare’ con quienes se aventuran a asomar por allí incluso a sabiendas de que disfrutan haciendo llorar a los niños. Es lo que puede suponer una reseña injusta. Que destroza el honor, la fama y la confianza por parte del público. Que causa daño.

En la historia que nos ocupa, el propietario del TT Taperia salió al paso de la crítica vertida sin contextualizar por J.J. Y dio una respuesta que pone en su sitio al cliente insatisfecho: «¡Hola! El niño se echó a llorar porque le pedisteis una mini hamburguesa (de 50 gramos) y a su hermano mayor una Wagyu (de 200) después de deciros tres veces que la hamburguesa mini era muy pequeña. Yo también me habría echado a llorar, la verdad. ¡Un saludo!» Zásca.

A ver: ¡cómo quieres que el niño no llore al comprobar la evidente diferencia de trato entre él y su hermano! Lo imagino mirando la Wagyu del tato, mirando luego la mini suya, haciendo pucheritos de ‘¿por qué, por qué?’ y desembocando al final en llantina desconsolada, sobre todo si la respuesta fue: ‘porque el tato es grande y tú no’.

No me jorobéis, padres del pobre benjamín de la familia: ¿es que no aprendisteis nada de Supernanny ni de los estragos y traumas de la infancia que conducen a aparecer en Hermano Mayor como adolescente desestructurado y víctima del Sistema?

Las plataformas de Internet, la inmediatez de la información, las herramientas digitales, junto al protagonismo que han adquirido la cocina, la gastronomía, el oficio de chef, nos están llevando a ejercer de ‘foodies’, de comidistas, de inspectores de la Guía Michelín, de quinta columnistas de TripAdvisor, de albertochicotes sueltos por el universo de la restauración.

Entramos en los restaurantes con ínfulas de comisario político, hacemos foto hasta de una ración de criadillas al pesto, y hay quien exige descuento en la dolorosa a cambio de una buena crítica o gratuidad total bajo la amenaza de poner a parir al establecimiento.

El cliente no siempre tiene la razón. Y la experiencia me afianza en la idea de que, las más de las veces, el cliente es un tocapelotas henchido de aires de grandeza, de sabiduría culinaria infusa y sobrevenida, de licencia para infamar si te aterriza una mosca en el cordon bleu. Pues, si te aterriza, te la comes. Pero no hagas el ‘foodie’. No me seas influencer.

Temas

  • Cartas de un puma

Comentarios

Lea También