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Perder el tiempo

Los musulmanes no pueden prosperar cargando siempre las culpas a otros
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Por si alguien no se había dado cuenta, lo de la semana pasada en París nos ha venido a confirmar que tenemos un problema grave, impor-tante y urgente. Cuando uno tiene un problema así, lo último que puede permitirse es perder el tiempo. Y sin embargo, a juzgar por muchas de las reacciones que se han producido después, no cesamos de caer en ese error. Y utilizar la primera persona del plural es deliberado: caemos todos.

Perder el tiempo es, por ejemplo, lanzarse a una descalificación total y arrogante del Islam como religión, llenándose la boca de razones para presentarlo como una creencia inferior que aboca a la violencia y que resulta per se incompatible con toda forma de libertad o de democracia. Sin entrar en el meollo de la imputación, que podría plantearse respecto de todos los credos monoteístas, incluido el forofismo futbolero, y que en todos ellos puede rebatirse con el ejemplo de las muchas personas a quienes la fe no empujó nunca a la violencia, es un desahogo que sirve a algunos para creerse mejores que el resto, pero no tiene la menor utilidad. Nos guste o no, hay más de mil millones de musulmanes en el mundo, veinticinco millones dentro de las fronteras de la Unión Europea. Sin un plan eficaz y viable para convertirlos o neutralizarlos a todos, ese razonamiento nos condena a la melancolía y a perseverar en la frustración.

Perder el tiempo es, también, arremeter indiscriminadamente contra toda forma de religión, imputándole a la fe religiosa como consustancial el impulso intolerante y los comportamientos irracionales. De nuevo, guste o no a quienes están al margen de la fe, ya sea desde el agnosticismo o el ateísmo, hay miles de millones de personas que creen en algo superior y trascendente, y que van a seguir creyendo, porque el hecho religioso, fundado o no, lógico o no, es consustancial al ser humano y lo ha sido a lo largo de toda la Historia. No va a erradicarse de un día para otro.

Perder el tiempo es, en el caso de los musulmanes, lanzar balones fuera: ya sea cargando el auge del integrismo en la cuenta del resentimiento creado por el imperialismo norteamericano, los abusos coloniales de británicos y franceses o la marginación que sufren los musulmanes en las sociedades europeas. Cierto es y no puede negarse que Occidente no hizo todo bien, y que comete errores en todos esos ámbitos. Pero nadie, ni los musulmanes ni ningún otro colectivo, puede esperar prosperar cargando siempre las culpas a otros y sin reconocer jamás su cuota de responsabilidad sobre sus propios infortunios: ya sea por negligencia, por ofuscación o por pura y simple incompetencia. Llega un momento en que uno debe responsabilizarse de su propio destino, y aplicarse a enmendar, lo que está desajustado dentro de su propia casa. Manos a la obra. Todos.

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