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Pesadilla en Estados Unidos

El partido Demócrata cometió un gran error dando todo su apoyo a la candidata Hillary Clinton

Jesús Gellida Albiol

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Donald Trump se convertirá en el nuevo presidente de los EEUU abriendo así una nueva época. La era Trump empieza y sus consecuencias son imprevisibles. De los 538 compromisarios o electores en juego que conforman el Colegio Electoral el magnate inmobiliario ha superado los 270 electores necesarios para ser el presidente número 45 de los EEUU, ganando así las elecciones más sucias, atípicas y más ajustadas de la historia norteamericana, exceptuando las del año 2000 entre Al Gore y Bush.

El misógino y racista Trump ha triunfado en estados clave cómo: Ohio, Florida, Carolina del Norte, Iowa y en supuestos feudos demócratas como Michigan y Wisconsin. Las estimaciones demoscópicas no se habían equivocado nunca tanto, al igual que con el Brexit, y el outsider Trump ha dado un vuelco a las encuestas haciéndose con la presidencia de la primera potencia mundial. A la vez que las presidenciales los republicanos han ganado las elecciones legislativas que otorgan el control del Congreso, que sumado al del Senado, permitirán un cómodo mandato a Trump.

Sin el apoyo de la mayoría del partido republicano y con un mensaje nacionalista, anti-establishment y contra los políticos profesionales Donald Trump ha captado el voto del americano indignado. La crisis económica y las desigualdades sociales en aumento han frustrado el sueño americano de prosperidad de miles de personas de una clase media empobrecida y de unas clases populares y trabajadoras sin expectativas de un futuro digno.

El aumento de la pobreza y de la explotación y del fenómeno de los working poors, trabajadores pobres que a pesar de tener un trabajo (o dos) están por debajo del umbral de la pobreza, ha lanzado a miles de personas a las filas de un populismo que promete cambiarlo todo para, como decía su lema de campaña: «volver a hacer América grande».

El partido Demócrata cometió un gran error dando todo su apoyo como aparato a la candidata Hillary Clinton frente a Bernie Sanders en las primarias del partido. Clinton no tiene carisma, no está bien valorada, es una representante de los intereses de Wall Street y no ha sido creíble como garante de los intereses de una mayoría social que la seguía viendo como el ejemplo claro de la casta política. Una política profesional, ex-primera dama, ex- senadora y ex-secretaría de Estado que ganó su nominación gracias a la élite política de su partido y de los medios de comunicación convencionales.

Ahora todo el mundo piensa en Bernie Sanders, un candidato que la prensa del establishment llamaba radical y que si habría podido derrotar a Trump ya que contaba con un fuerte movimiento ciudadano detrás, movilizaba a la juventud y ofrecía soluciones reales para la clase trabajadora. En este sentido Clinton no ha movilizado suficientemente el voto de las mujeres, de los latinos, de los afroamericanos, ni de la mayoría del movimiento que apoyaba a Sanders; bases electorales imprescindibles para la supuesta y -esperada- victoria de los demócratas. Muchos de los potenciales votantes de Clinton se han abstenido o han apoyado a los Verdes.

El 2011 las plazas de los EEUU se llenaron de reivindicaciones por una salida de la crisis con justicia social y se hizo popular el lema del 99% contra el 1% que representaban las élites políticas y económicas. El mensaje fue recogido por la plataforma que apoyaba a Sanders pero quedó ínfimamente representado por el partido Verde o por algunas propuestas recogidas en el programa de Clinton, que muchos dudaban que después se pusieran en práctica.

En este contexto, ha quedado demostrado que no se podía ganar a Trump con las mismas políticas neoliberales aplicadas hasta ahora por la Administración Obama, el cual deja un pobre legado en cuanto a políticas económicas en favor de los de abajo.

La extrema derecha europea se ha afanado en felicitar al que será el nuevo presidente de los EEUU. Los líderes euroescépticos y xenófobos de Francia, Países Bajos y Reino Unido, entre otros, han celebrado la victoria de Trump. Un síntoma de lo que está por venir si no se dan salidas progresistas reales para la mayoría de la población.

Cuando no hay las respuestas necesarias para las personas, cuando la corrupción se burocratiza y cuando no se cumplen las expectativas de cambio y de progreso la extrema derecha populista llega al poder y el discurso del miedo se adueña del imaginario colectivo.

La larga carrera hacia la Casa Blanca acaba con que la alternativa frente al establishment y al continuismo que simbolizaba Clinton ha sido la victoria de un magnate de Wall Street, miembro de las élites económicas, que nada tiene que ver con la mayoría de las clases populares y trabajadoras que lo han votado. Con los resultados de estas elecciones no solo sale perdiendo el pueblo americano sino también el resto del mundo.

Cómo decía Gramsci «El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos».

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