Este sitio web puede utilizar algunas "cookies" para mejorar su experiencia de navegación. Por favor, antes de continuar en nuestro sitio web, le recomendamos que lea la política de cookies.

Más de Opinion

Pesadilla en la cocina

Ferrán Adriá ocultaba a sus ligues en la discoteca que estudiaba para el duro oficio de cocinero
Whatsapp

Los talent-show nacieron en tiempos de Jesús Hermida que lo entierran hoy. Por mucho que quieran ensalzarlos por enseñar a cantar, bailar, actuar o a cocinar y exigir a los concursantes saltar de un trampolín desde diez metros, la verdadera clave de su éxito está en el morbo freaky del reality-show. Esta telerrealidad sólo excita el más bajo instinto de calificar para escoger quién se queda y quién se va, el juicio de los plebeyos quienes en el circo levantan el pulgar en señal de aprobación, o lo bajan para que al perdedor le claven una espada.

Hace unos días saltó a la fama un gazpacho de tomate y fresa que tiene página en Facebook y Twitter, su propio juego on line creado por El Corte Inglés, y más de dos millones de visitas en YouTube. Incluso un restaurante local sirve su propia versión y Alejandro Fernández, ha tuiteado ‘Si hubiera hecho el león con gamba roja de Tarragona, hubiera ganado’.

El autor de esa popular “marranada” en palabras del jurado y catalogada por El País como el Ecce homo de la cocina española, nació hace 18 años en Ontenyent (Alicante), y aunque estudiaba medicina para ejercer la cirugía plástica, cambió la bata por el delantal y se presentó a un casting de Master Chef.

Albert Sempere parecía un gatito al salir al plató, pero tal y como ha reconocido en varias entrevistas, se le cruzaron las neuronas cuando ingenió su plato. «Albert, ¿nos puedes presentar tu creación?», «Mi plato se llama el león come gambas y lo hecho para demostrar que tengo todo el carácter que se ha de tener en una cocina», dijo mientras otro concursante mascullaba: «Pues le ha echado huevos el tío».

El momento trending topic se produce cuando el presidente del jurado coge un tenedor e intenta hincar la cuchara en el león de bigotes de azafrán y melena de pimiento rojo. La patata no estaba al dente, estaba completamente cruda, así que le espeta que ese plato es una injuria a los 14.875 aspirantes que se han quedado en el camino hacia la excelencia. Luego interviene el vocal, le suelta que de él no se burlan y mandan a Albert a la puta calle sin deliberar ni votar a través de un juicio sumarísimo.

La cara de mi paisano escuchando los gravísimos insultos, es sin embargo una nimiedad al lado de la triste historia del chef Martínez del Suker de Barcelona. «Pesadilla en la cocina» es otro programa en el que el prestigioso cocinero Chicote pone patas arriba un restaurante hasta conseguir hacerlo funcionar: «¿Me estás diciendo que no te diga ‘guarro’ con el espectáculo que tengo delante?»

La historia del colérico Martínez que se enfrenta a Chicote hasta hacerle tirar la toalla, tiene como todas las fobias origen en la infancia. Martínez se comporta ante las cámaras de forma despreciable porque su padre abandonó a la familia yéndose con una brasileira y dejándolos tirados. Tras una durísima existencia a cargo de Cáritas, la madre fallece en sus brazos y Martínez entra en un estado de pánico ante la soledad.

Aunque Chicote inicialmente se desespera, decide indagar en el pasado de Martínez para descubrir el motivo de su personalidad tan problemática con técnicas del psicoanálisis. En Salou, habla con los hijos del primer jefe de cocina que tuvo y lo describieron como una persona cariñosa, amable, simpática... todo lo que ahora le faltaba. Un Martínez arrepentido acude a sincerarse con Chicote. Los dos dramas terminan con una música tierna y un mar de lágrimas. Mientras Chicote se abraza a Martínez y le convence para que cambie los sopapos por abrazos si quiere no quedarse consigo mismo, Alberto (y yo) acabamos a moco tendido frente a Eva González, él jurando que jamás volvería a cocinar y que, tras el ridículo, ya no tendría valor para declararse a su novia. De hecho ha dicho que, tras el león come gambas, ¿Quién va a dejarme que le opere la nariz?

Ferrán Adriá ocultaba a sus ligues en la discoteca que estudiaba para el duro oficio de cocinero, y no se sabe muy bien por qué este rollo patatero tenía ayer 423.000 entradas en Internet.

Por una parte están los sueños de Alberto que quería ser estrella Michelín y va a terminar cocinando en un local de la carretera de Alcoy galardonado con un calendario Pirelli. Por otra, lo ajeno que era a nuestra tradición latina la de expresar los sentimientos en público y desnudar la intimidad a cambio de un fugaz minuto de gloria. En tercer lugar, que según denuncia Emili Rivelles de Ara Tarragona, desde que llegaron las moscas debían haber abierto los chiringuitos y tenemos ganas de ir a ver la caída de sol en una hamaca. Y la cuarta conclusión es que hace ya tiempo que los gobernantes adoptaron la decisión expresa de convertir a los ciudadanos en presas de un león se que se come las gambas crudas.

Jean-François Paul de Gondi, más conocido como el Cardenal de Retz, sentenció: ‘Cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto’, y como dijo Chicote a los pinches de Martínez «Si yo tuviese un jefe que va con la chaquetilla y el mandil lleno de mierda, iría igual que él».

Temas

  • TRIBUNA

Comentarios

Lea También