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Podemos en Catalunya

Podemos no aporta nuevos elementos de equilibrio al conflicto de Catalunya
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Pablo Iglesias, líder de Podemos ha ido a Catalunya. Se esperaba que Iglesias definiese con claridad su posición en la cuestión soberanista, pero no ha sido así sino que mantiene cierta ambigüedad, ya que su afirmación de partida -«no quiero que Cataluña se vaya pero sé que la casta ha insultado a los catalanes»- se relativiza con la petición de un proceso constituyente que tendría que dar cauce al ‘derecho a decidir’, no sólo sobre este asunto sino en todas las cuestiones. En esta generalización -«derecho a decidir es que la ley no persiga a quien no pueda pagar una hipoteca y que la ley persiga a los evasores fiscales”-, se ve un cierto afán de diferenciarse de las restantes formaciones, reconduciendo el problema identitario hacia el territorio adánico del borrón y cuenta nueva, de la apertura de un proceso constituyente “que abra puertas y ventanas” y “que abra los candados”, con el fin de echar por la borda el régimen político conocido y edificar otro nuevo. Mucho habría que hablar de esos ‘candados’, que no son evidentemente tales porque nuestras normas paccionadas de convivencia no son eternas ni inmutables y fueron gustosamente asumidas por una gran mayoría.

Significativamente, en el acto barcelonés -tres mil personas reunidas en el Polideportivo Vall d’Hebron y otras tantas fuera del recinto- no hubo banderas, lo que es coherente con una formación de izquierdas que no se deja arrastrar por el vector nacionalista o por el binomio soberanismo/unionismo. Pero precisamente por esto, y por el hecho de que Iglesias cultive en este aspecto su vertiente antisistema (mientras, paradójicamente, trata de centrarse en todo lo demás), la novedosa organización no aporta nuevos elementos de equilibrio al conflicto.

Al ver esta indefinición, dice Vidal Folch que ésta es la posición de los partidos catch-all, que tratan de abarcar todo el espectro, “y por esto el destinatario del mensaje era [en el mitin de Barcelona] la ‘gente’, un concepto menos articulado, más abstracto y descomprometido que el de ciudadanía pero que constituye una útil contraposición a los pocos de la casta, los poderosos”. Ante ello, el veterano periodista sugiere que ésta es una actitud claramente populista, si bien desecha el término, que tanto desagrada al nuevo partido, y opta en una broma semántica por el neologismo ‘gentista’, que sin duda describe a la perfección esta extraña posición de postular un nuevo régimen ex novo sin detenerse demasiado en concretar los elementos y los objetivos de esa ‘revolución’ que renuncia a cualquier rasgo de utopía.

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