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Podemos purga

La purga suena a dogma leninista: el partido se fortalece depurándose

José María Calleja

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No consta que Pablo Iglesias haya consultado a los Círculos la decisión de fulminar al anochecer al hasta ahora secretario de organización de su partido, Sergio Pascual. No ha debido consultar la ejecución del tildado como «ineficiente» ni al propio Errejón –introductor de Pascual en el aparato–, que se ha quedado mudo 48 horas con un silencio que suena a estruendo.

Después de decirnos, tras las dimisiones de diez cargos en Madrid, que todo era una maniobra hábilmente orquestada por los medios de comunicación y que los titulares cesarían en dos días, nos encontramos con un comunicado maoísta, escrito por el gran timonel y que reza: «En Podemos no hay ni deberá haber corrientes ni facciones que compitan por el control de los aparatos y los recursos». ¡Toma declaración de amor verdadero!

La purga suena a dogma leninista: el partido se fortalece depurándose y evoca tiempos pasados, remotos, en los que el pope de la organización maoísta le metía una autocrítica al culpable antes de guillotinarlo. Está Íñigo Errejón a un minuto de que le llamen menchevique.

Pablo Iglesias no quería tanto lío de elecciones: europeas, municipales, autonómicas, quería las generales de saque porque quiere el poder nada más empezar el partido, sabía que se podía desgastar en el tránsito del cielo a la tierra.

Después del espectáculo de ofrecerse a sí mismo la vicepresidencia del Gobierno, la jefatura de los espías y casi el ministerio de Marina, mientras con arrogancia le perdonaba la vida a Sánchez, debían quedar pocas dudas de la vocación autocrática de Iglesias, propia de los asesores de autócratas por otra parte.

Después del espectáculo continuo montado por el gran timonel en el Congreso desde el día mismo de su constitución hasta hoy, no deberían quedar dudas sobre su catadura política. El que las tuviera habrá podido despejarlas después de la perpetración del comunicado con nocturnidad.

Emilio Delgado, exsecretario de organización de Madrid con cuya dimisión afloró la bronca interna, habla ya de la enésima decepción y posiblemente una parte de la militancia y de los votantes de Iglesias comparten ese estado de ánimo: decepción.

En unas semanas ha desgranado Iglesias todo el catálogo de disculpas, excusas y justificaciones para aparentar normalidad. Han salido ahora en tromba los aparateros del construido como núcleo duro a dar el tiro de gracia al purgado, sin un leve agradecimiento de los servicios prestados y con una aportación cursi: «las almas», «nos queremos», «la belleza». Todo ello con el amor omnicomprensivo de algunos medios de comunicación.

Ahora se trata de saber cómo afectará esta explosión de la lucha de clases en el seno del partido a la eventual formación de gobierno.

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